SI EE.?UU. ha querido -y quiere- reordenar Oriente Medio, hay que reconocer que el resultado, a día de hoy, no se corresponde con sus deseos ni con sus previsiones. Por el contrario, están asomando algunas secuelas muy preocupantes que convierten la situación en mucho más peligrosa de lo que era antes de la ocupación de Irak. Es como si el tablero de ajedrez se hubiese ido al suelo y nadie recordase con certeza el lugar de cada pieza ni la siguiente jugada que se quería hacer. La consecuencia más inmediata es lo que hay ahora: miedo y desconcierto. Y un empeoramiento general de la situación. El primer ministro israelí, Ehud Olmert, le contaba el miércoles en una cena a Condoleezza Rice, jefa de la diplomacia estadounidense, que por primera vez en su vida estaba sintiendo que existe «una amenaza existencial contra el Estado de Israel». Y no se refería a los palestinos, ni a Hamás. Se refería al poder nuclear que pueda alcanzar Irán. Con lo cual tenemos un nuevo y muy peligroso motor en acción: el miedo israelí. Quien lo infravalore quizá se vea muy sorprendido en un futuro próximo por las acciones de su Gobierno. Es algo que la Unión Europea y EE.?UU. deberían tener muy en cuenta. Pero también Irán y Siria. Porque probablemente en estas circunstancias se dan las condiciones -¡paradójicamente!- para avanzar en la solución del problema palestino. Todo se ha revuelto tanto y de un modo tan descontrolado que ha cambiado la propia relevancia de los conflictos y de sus agentes. Incluso la guerra de Irak -cada vez más enconada e incierta- pierde peso en la balanza del conflicto. En cambio, ha ganado peso Irán, pero tampoco debiera considerarse demasiado sólida su posición porque, dicho en términos simplistas, cuanto más se fortalece más riesgos asume. Lo saben los propios iraníes que, sin frenar el enriquecimiento de uranio, han desmovilizado su discurso agresivo de erradicación de Israel. Justo cuando Israel empieza a sentir su existencia más amenazada que nunca. Todos saben que están jugando con fuego. Y con el miedo. La historia demuestra lo peligrosas que son estas combinaciones, que ciegan a los dirigentes y los llevan a ceder a tentaciones bélicas.