ASISTIMOS en los últimos años a un regreso de Rusia a la escena internacional, con la aspiración de volver a ser una gran potencia. El aumento del precio del petróleo y del gas ha sido decisivo para que Vladimir Putin afiance su liderazgo autocrático. El intento de recuperar el prestigio exterior es una baza clarísima que el ex agente de la KGB juega para compensar muchas deficiencias en el funcionamiento del Estado. La esperanza de vida de los rusos ha caído una media de diez años desde el fin del comunismo. La transición económica en los noventa es ya un ejemplo de cómo no hacer las cosas cuando se sale de un régimen totalitario. El mercado no funciona sin Estado de derecho e instituciones y reglas claras. Poderosos personajes conectados con la antigua nomenclatura controlan sectores estratégicos de la economía y casi un millón de antiguos soldados se han pasado al sector de la seguridad privada. Miles de multimillonarios rusos invierten por todo el mundo sus ganancias, por lo que pudiera pasar en el futuro con su país, en el que las desigualdades son gigantes. La actual Rusia tiene algo de cleptocracia y, como ha explicado Dominique de Moisi, es un régimen animado por el dinero más que por la ideología. Pero este orden incierto y hobbesiano mantiene unido al antiguo imperio y por ahora sirve para evitar las serias tentaciones separatistas de bastantes regiones del país, no sólo de Chechenia, todas ellas mucho más pobres que los dos centros de poder, Moscú y San Petersburgo. En buena medida, Estados Unidos ha decidido dejar hacer a Vladimir Putin a cambio de su apoyo en la guerra contra el terrorismo. China está desarrollando una cooperación militar intensa con Rusia, al tiempo que se ha convertido en un importante demandante de sus recursos naturales. Europa, como hemos visto tras la cumbre de Lahti, está dividida en su aproximación a Moscú. Por un lado los gobiernos alemanes y franceses han optado por un sonrojante pragmatismo. De lo que se trata es de garantizar el suministro de su petróleo y gas a los hogares europeos, cada vez más dependientes del vecino ruso. Hay que deplorar las matanzas de Chechenia, el fin de la libertad de prensa, el reciente asesinato de la periodista y crítica de Putin, Anna Politkóvskaya, y los intolerables comentarios del presidente ruso sobre las violaciones de las mujeres. Pero la agenda económica pesa más, como lo ejemplifica Gerhard Schröder, ahora empleado de la empresa de gas rusa. Es cierto que Vladimir Putin se resiste a firmar acuerdos internacionales para evitar nuevos cortes de suministro y facilitar el acceso europeo a sus redes y sus campos de extracción, pero todo es negociable, aún más cuando está por decidirse la entrada de Rusia en la Organización Mundial de Comercio. Por otro lado, hay voces europeas contrarias a esta renuncia franco-alemana a defender principios democráticos en la relación con el inquietante vecino. Varios Gobiernos, como los de Polonia, el Reino Unido y Estados Bálticos, quieren que la Unión sea más exigente en este sentido con Rusia. La cabal y aguda intervención de José Borrell como presidente del Parlamento Europeo en la cumbre de Lahti reclamando valores comunes para estrechar la cooperación con Rusia ilustra bien el mejor espíritu europeo, que no puede renunciar a proyectar derechos fundamentales y libertades. Cada vez más analistas internacionales entienden que el principal conflicto en el mundo no es entre Occidente e islam, sino entre alianzas de democracias y dictaduras, y colocan al régimen de Moscú claramente en el liderazgo de esta coalición nefasta. Vladimir Putin gobierna con mano férrea un país mucho más inestable de lo que parece y la fortaleza internacional de Rusia es una proyección de muchas de sus debilidades.