UN TAHÚR peligroso ha entrado en el club nuclear. No es buena noticia que un régimen con los antecedentes y la catadura del de Corea del Norte tenga la bomba atómica. Uno de los últimos sistemas totalitarios del mundo, estalinista, con una censura total, con un presidente que según el Financial Times es uno de los mayores importadores privados de champán francés del mundo mientras millones de sus compatriotas mueren literalmente de hambre, un Gobierno que ha desafiado a la ONU al hacer la prueba nuclear y que la ha estado engañando durante años... La lista de hazañas de los norcoreanos es larga. Que tenga, pues, la bomba no es tranquilizador y la noticia ha sembrado la inquietud en la democrática Corea del Sur, en Japón -que vio hace meses cómo Corea del Norte hacía pruebas balísticas pasando proyectiles por encima del archipiélago nipón- y en toda la zona. La caja de Pandora que abre Pyongyang tiene, con todo, pliegues más profundos y ominosos. La senda de la proliferación no tiene vallas de nuevo. ¿Habrá un efecto dominó? Resulta curioso que durante la guerra fría no surgieran potencias nucleares. La división del mundo en dos zonas adversas proporcionaba una cierta seguridad. ¡Qué paradoja! El paraguas nuclear de Estados Unidos, su capacidad de represalia masiva, protegía a sus clientes y amigos, y el de la Unión Soviética, a los suyos. Que haya desaparecido la amenaza de confrontación entre los dos grandes ha venido sorprendentemente a aumentar la intranquilidad de los más pequeños que quieren tener garantías totales de autodefensa. Vino hace años la ascensión de la India al estatus nuclear. Su adversario, Pakistán, pensó que no podía quedarse atrás y se dotó de la bomba. Irán y Corea del Norte podían, entonces, seguir, y así ha ocurrido. El anuncio de Pyongyang, sin mayores represalias de la comunidad internacional, alentará a los iraníes. Otro eventual propietario inquietante, su presidente, ha dicho que Israel debía desaparecer del mapa y están geográficamente cerca del Estado judío. ¿Cuántos seguirán después? Varios, tal vez. Cuando la anuncien los ayatolás, ¿por qué Turquía o Egipto, otras dos potencias medias y con un pasado hegemónico, no querrán tenerla? ¿ Y Arabia Saudí? ¿Y otros que habían renunciado a ella, como Sudáfrica o Brasil? El director de la Agencia de la Energía de la ONU, El Baradei, decía días pasados que unos 30 países tienen capacidad para unirse «en poco tiempo» a los nueve que ya poseen el arma. Citaba a Japón, Canadá, Alemania, Suecia, España, Taiwán, Hungría, Brasil, Australia, Egipto, Turquía, Indonesia, Nigeria, Bangladesh, etcétera. Oppenheimer, uno de los padres de la bomba atómica, anunció: «Dentro de no mucho costará mucho menos arrasar con una bomba atómica diez kilómetros cuadrados que con cualquier otra arma». El ingenio nuclear, a la larga, pues, resulta económico. Otra razón para que, ante el ejemplo coreano, otros países estén haciendo ahora cábalas. Japón, que podría fabricar la bomba en semanas, tiene aún fresco el trauma de Hiroshima que aleja de esta generación la tentación nuclear. Otros países no lo tienen. La última pepita del melón degustado por Corea es el eventual traspaso de la tecnología nuclear a grupos incontrolados, terroristas adversarios de mi enemigo, etcétera. Corea del Norte tiene un pasado vidrioso en su venta de armas -según algunos, de droga, de moneda falsa...-. Ahora estamos ante un tema más grave. La posibilidad de despertarnos con terroristas con el arma nuclear hiela la sangre. Estados Unidos ya ha hecho una advertencia a Corea del Norte. En la nación norteamericana, hasta los críticos con la forma como la Administración ha manejado el rearme de Corea del Norte sostienen que Washington tiene que indicarle seriamente a todos los poseedores de la bomba que cualquier país responsable de facilitársela a terroristas será devastado.