LAS ELECCIONES catalanas ofrecen una muestra del déficit de ejemplaridad que luce en la escena pública. Para un espectador resulta difícil entender cómo socialistas y convergentes se descalifican tan duramente cuando han vivido un idilio nada menos que en el palacio de la Moncloa. Y, sobre todo, como parece apuntarse por las encuestas y los deseos, van a seguir viviéndolo en el Gobierno de Cataluña. Una lucha descarada por el poder, que pone la estrategia muy por delante de las convicciones, de lo que no puede esperarse ilusión en los electores. En Cataluña, europea y del seny, se ha cruzado alguna línea roja del enfrentamiento político. Dentro de la lógica del juego entra pactar con quien se tenga un mínimo común, o no hacerlo porque ideario y programas no coinciden. El gesto de CiU, realizado con la teatralidad de un acta notarial improcedente, de comprometerse a no pactar con el PP en ninguna circunstancia, va más allá de una sana interpretación de lo que es el juego democrático. No ya por el oportunismo de la renta electoral que se pretende, sino por las consecuencias que va a acarrear. Puede leerse como la pretensión de colocar a ese partido político como un leproso que habrá de ser ubicado a extramuros de la legalidad democrática. Una opción que contamina de tal manera que impide cualquier relación, porque, más que non grata , es enemiga de Cataluña. No se fortalece así la democracia, y lo digo desde mi testimonio público en contra de quienes querían mantener en la ilegalidad al Partido Comunista cuando se estaba abriendo la democracia en España con unas elecciones generales, y desde mi admiración por el buen hacer de nacionalistas catalanes en el período constituyente. Así presentado el enemigo, no deberían sorprender las agresiones físicas de gente joven, si se genera un clima que excede de la rivalidad y la competencia leales. Asoma en aquéllas la torva faz del odio engendrado en la madriguera de los mayores, que después, al menos en este caso, han deplorado. Se transmiten y se heredan rencores que se alimentan hasta estallar como odio en quienes no fueron los sujetos inmediatos de los hechos en que se fundan. La transmisión es más despreciable cuando el agravio es un pretexto o instrumento para trepar la cucaña del poder. El odio puede inocularse en diferentes dosis en las venas jóvenes, emponzoñando el idealismo. Es una grave responsabilidad de quienes lo inyectan y de quienes de él se aprovechan. Se propicia cuando se presenta al otro como radicalmente incompatible, o se descalifica de un modo tan brutalmente injusto que la única solución posible es que desaparezca del mapa. Creíamos haber encerrado en el ámbito de lo íntimo el dolor causado por una guerra que la mayor parte de los españoles no vivieron. Sepultado el odio que pudo alumbrarse entonces. Esquelas que se han publicado en los diarios reviven aquel enfrentamiento. No se trabaja por la paz cuando se remueve en las cenizas del pasado el rescoldo del odio.