29 oct 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

PRESTIGIOSOS y avezados críticos se han apresurado a adelantarnos que la última película de Woody Allen, Scoop , es menor, escasa de cuerpo, oportunista -no sé lo que han querido decir con esto- y, desde luego, muy inferior a la anterior, Match Point . Por eso me quedé tan sorprendido al verla -tan favorablemente sorprendido, quiero decir-, porque no he percibido nada de eso y en cambio sí que he visto una película bien construida, bien dialogada y muy sagazmente resuelta. No sé si Scoop está por debajo de Balas sobre Broadway y de Misterioso asesinato en Manhattan , como nos aseguran, pero en cualquier caso no desmerece en el conjunto de la obra de Woody Allen. Que esos críticos vean demasiados lugares comunes en esta «pieza de entretenimiento» sólo quiere decir que habían confundido a Allen con Ingmar Bergman. Y cada día está más claro que, aparte de una mutua admiración, tienen menos en común. La realidad es que Woody Allen ha comparecido con la obra anual a que nos tiene acostumbrados y ha jugado -como sólo él sabe hacerlo- con los equívocos y engaños de la propia vida, desde su escepticismo, paradójicamente más productivo que esterilizante. No ha tratado de profundizar en el alma de ninguna Annie Hall ni se ha recreado con maridos y esposas en crisis. Eso ya lo había hecho antes con éxito, y su gran acierto ahora consiste en no repetirse. Sus diálogos tienen la frescura de antaño y la simplicidad y ligereza ganada con la experiencia. Sin embargo, han querido reprocharle que no haya hecho una tesis doctoral. Y es verdad. No la ha hecho. Pero la debilidad no está ahí. Si existe, la única debilidad está en su interpretación. Porque, por primera vez, Woody Allen se imita a sí mismo como actor. Como lo hizo Clark Gable en Vidas rebeldes , por ejemplo. Y esto, lo confieso, resulta algo patético.