CON UN Estatut que no pasó del aprobado raspado; con la memoria de un Tripartito que terminó como el rosario de la aurora; con un electorado claramente desmovilizado, y con una campaña que deja las espadas en alto, las elecciones celebradas ayer vuelven a abocar a Cataluña a complicadas coaliciones electorales, a fuertes intentos de deslegitimación, y a la extraña sensación de que el enorme revuelo montado por Maragall no sirvió para nada. El dato de la abstención, que aumenta en casi seis puntos y alcanza al 43,3%, obliga a interpretar estas elecciones en términos de grave crisis política. Por el número de papeletas puede decirse que el electorado castiga a los salvapatrias (el PP, que pasa de 15 a 14 escaños, y ERC, de 23 a 21), mientras premia con toda claridad a las minorías que funcionan como refugio de electores desencantados (Iniciativa sube de 9 a 12, y Ciutadans da la sorpresa al entrar con 3 escaños). Pero la sensación de calma chicha se deduce del potencial de coalición de los grandes, con una cómoda ventaja para CiU, que pasa de 46 a 48 escaños, y con un PSC duramente castigado (de 42 a 37 escaños) por su protagonismo en la desfeita del tripartito. Porque en términos político-parlamentarios no ha cambiado nada, ya que CiU no tiene más aliados posibles que la ERC que concitó todas sus iras, el tripartito vuelve a ser posible si Montilla se queda cautivo de Carod-Rovira, y el PP se va extinguiendo en Cataluña (sólo existe de verdad en Barcelona) en medio de un lenguaje incomprensible y un proyecto nostálgico e irreal. Hay que reconocer, sin embargo, que la posición de CiU mejora mucho en términos cualitativos, en la medida en que gana las elecciones en sus dos parámetros (votos y escaños), aumenta la distancia con el PSC y le gana la simbólica circunscripción de Barcelona, domina con autoridad las provincias del interior, y puede presumir de entenderse mejor que nadie con ese ciudadano o ciudadana de Vic, de Cervera o de Manresa que representa la larga tradición del catalanismo subyacente. En este sentido puede decirse que Artur Mas gana muchos enteros en su carrera hacia la Generalitat, aunque no tantos como para que Montilla no pueda robarle el trofeo o hacerle el país ingobernable. También es preocupante que el PSOE de Rodríguez Zapatero y el PP de Mariano Rajoy pierdan protagonismo en una comunidad de tanta importancia, y en medio de un debate tan complejo y peligroso como el que se está realizando. El PSOE, muy castigado, porque es la causa principal del galimatías montado por allí. Y el PP, cuarta fuerza en Cataluña -¡bajando hacia la quinta!-, porque difícilmente puede considerarse un partido con estrategia estatal.