El segundo aterrizaje

LUÍS VENTOSO

OPINIÓN

08 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EL 1 de mayo del 2003, George Bush aterrizó en San Diego sobre la cubierta del portaviones Abraham Lincoln , como copiloto de un caza S-3B Viking. El presidente bajó del avión con paso atlético, llevó su mano a la sien, en enfático saludo militar, y exultante y sonriente anunció «la liberación de Irak». Era el día de la victoria. Y para poner en escena su triunfo, Bush iba disfrazado con el uniforme completo que vestía Tom Cruise en Top Gun . Una estampa gallarda, perfecta para la Fox y otros canales radicales, hooligans de una nueva cruzada que iba a liquidar el terrorismo y democratizar para siempre jamás el incurable Oriente Medio. Luego el presidente habló y nos legó una cita que leída ahora tienen su miga: «La liberación de Irak es un avance crucial en la campaña contra el terror. Hemos acabado con un aliado de Al Qaida -Sadam- y cortado una fuente del terrorismo». A la misma hora en que Bush se paseaba por la cubierta del portaviones vestido cual el añorado Geymperman de nuestra infancia, los liberales estadounidenses, tildados de antipatriotas por la mayoría de sus paisanos, hacían las siguientes observaciones, muy pérfidas y desleales: -Sadam es un genocida, pero no tiene ni un sola arma de destrucción masiva. -No existe relación alguna entre los atentados del 11-S y el régimen de Irak. -Sin la bota del dictador, kurdos, suníes y chiíes, que se repelen, van a empezar a matarse hasta llegar a una guerra civil. -Una cosa es invadir Irak y otra mantenerlo en orden. Con poco más de cien mil soldados allí y desmantelando la estructura del partido Baaz, no hay Napoleón que controle un país de ese tamaño. -Rumsfeld ha ganado rápido una batalla, pero al final va a palmar la guerra. -Las invasiones de Irak y Afganistán no acabarán con el terrorismo. Al revés: van a aumentar la cantera de fanáticos y el odio contra un Occidente neocolonial. Tres años después, se ha probado que los liberales antipatriotas no hacían más que esgrimir la simple bandera del sentido común. Todos sus vaticinios se cumplieron e incluso empeoraron, pues nadie contaba con que la guerra contra el terrorismo iba a llegar al extremo de que el presidente de la democracia que da lecciones al mundo se fajase para dar cobertura legal a la tortura. Pero Bush acaba de ser vapuleado en las urnas (su segundo aterrizaje, y esta vez forzoso). Rumsfeld, el visionario de mente acerada, se va a casa, despedido entre los abucheos de la clase militar. La gente normal toma aire, porque una vez más se prueba que aunque tarden, la justicia y la verdad siempre acaban asomando.