DESPUÉS de dos legislaturas de un Parlamento presidido por un hombre, García Leira, de carácter apocado, voz floja y peso político nulo, el talante de su sucesora chirría. De un tiempo a esta parte, suele ocurrir que al día siguiente de los plenos la presidenta de la Cámara, Dolores Villarino, comparte protagonismo en los titulares con lo dicho por los portavoces de los partidos e, incluso, con los acuerdos que se adoptan. Como el buen árbitro de fútbol, la presidenta del Parlamento estaría haciéndolo mejor cuanto más desapercibida pasase en un pleno. Pero a falta de tarjetas que sacar del peto, Lola Villarino mete en cintura a los que ocupan los escaños con la amenaza del reglamento y la autoridad absoluta que le conceden las normas para dar y sacar la palabra. El ejercicio de la autoridad no supone autoritarismo, pero a veces con Lola Villarino parece que lo uno y lo otro van unidos. Por dos ocasiones en el último pleno, la presidenta negó la posibilidad de réplica a dos diputados (uno del BNG y otro del PP) a los que los acusaron sus oponentes con malicia y tendenciosidad, cuando no a veces con mentiras de cabo a rabo. Lola, segunda autoridad institucional de Galicia, puede seguir engrandeciendo su figura o puede hacer que las mentiras que se cuentan los políticos unos de otros mientras ejercen el uso de la palabra en el Parlamento con el único fin de minar al adversario supongan, al menos, el derecho a la defensa propia del aludido. A lo mejor, incluso se conseguía que los debates fueran más rigurosos y que los argumentos utilizados superasen el chiste fácil y la difamación gratuita.