Todos contra Ségolène

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

14 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS SEIS debates previos a las elecciones del 16 de noviembre en las que los socialistas franceses decidirán su candidato a las dos vueltas de las presidenciales del 2007 han sido los suficientes para poner de manifiesto la cara de perro con que se han dado a conocer los encartados y la no demasiada gracia que hace la candidatura de Ségolène Royal a sus competidores. «No entiendo lo que ha pasado -dijo la dama al finalizar el cuarto de esos debates-. Espero que sea la última vez que esto sucede. Cada uno tiene que calmar a sus tropas». Se refería a la bronca, los abucheos y los pitidos con que la militancia socialista adversa dejó bastante claro que no quiere verla ni en pintura. Que la cosa se caliente en un país que ha visto arder 66.581 automóviles en los últimos 18 meses no es demasiado raro. Tampoco lo es el nerviosismo entre un electorado de izquierdas cuyos estandartes antiglobalización y antiamericanos los agita igualmente la derecha, con la que coincide en una apesadumbrada perplejidad ante el hecho de que el producto nacional bruto francés ha pasado a ser el decimoséptimo mundial, cuando hace 25 años ocupaba el séptimo lugar en esa escala. El gasto público francés es del 54% de ese PNB, mientras que en el contexto europeo no pasa del 41%. La deuda pública ha crecido en Francia durante los últimos años mucho más rápidamente que en cualquier otro de los quince países con los que contó hasta hace bien poco la UE. «Francia sufre de una profunda enfermedad» causada por una maquinaria estatal «pesada e inerte» que, de no encontrar cura, «bloqueará la evolución de la sociedad». Lo peor del diagnóstico es que ha quedado postergado por el paso del tiempo. Esas palabras fueron dichas por Jacques Chirac en 1994. Ségolène Royal ha decidido emprender la cura de ese enfermo con tan poco de imaginario mediante una renovación del modelo político francés, y esa es la iniciativa que ha levantado ampollas entre sus conmilitones. Esas ideas y ribetes de Ségolène Royal, que al parecer son la causa de un descenso en su popularidad del 72 al 57%, tienen que ver con su propuesta de institucionalizar jurados populares que, como mecanismos de una democracia participativa, supervisarían el cumplimiento de los programas desplegados por los candidatos a los cargos de la democracia representativa. Los rivales de Royal defienden, por el contrario, que lo importante es ganar, no participar.