INGRATA sorpresa han debido de llevarse los miembros del órgano ejecutivo de la Universidade de Santiago que aprobaron la retirada del doctorado honoris causa al dictador Franco. La unanimidad con la que ellos votaron se ha demostrado esta semana muy alejada de la realidad social que integran y en la que, además, ocupan un lugar privilegiado, en cuanto que son los protagonistas del último escalón en un sistema educativo que, se supone, debe formar espíritus libres. La decisión unánime del consejo de gobierno de la USC se quedará en mayoría cuando llegue al claustro. No tanto porque entre el colectivo universitario queden muchos vestigios de nostálgicos de la dictadura, sino porque habrá profesores, funcionarios, e incluso alumnos, que no disfrutan dándole palos al muñeco cuando ya lleva enterrado treinta años, y cuando Fraga ya no preside la Xunta que se encarga de financiar a las universidades. La concesión del honoris causa a Franco por la universidad gallega en los años sesenta (recuérdese que la segregación es bastante posterior) supone un vergonzoso hecho histórico que debería estar presente siempre en la memoria de la institución. Las facultades no son mejores ahora que le retiran los honores al dictador que hace un mes. Quizá sean un poco peores, porque tener presentes los errores pasados de la institución es el mejor camino para evitarlos. El debate es facilón, ya que cualquiera que se oponga a la unanimidad académica sobre el doctorado de Franco en Ciencias será desautorizado con ese argumento recurrente en estos tiempos: «Es un facha». Pero habría que ver si esos fachas habrían actuado con el mismo servilismo de oreja gacha que demostró la institución universitaria gallega cuando lo instituyó doctor. Porque la valentía post mórtem tiene bastante de cobardía.