Nirvana

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

21 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA MUERTE es un negocio para los herederos de los cadáveres exquisitos. Kurt Cobain superó este año a Elvis como el muerto que más dinero genera. Los dos por delante del dibujante de Snoopy. Cosas. Cobain se pegó un tiro, oficialmente, y sangró poco por la oreja. Le encontró un electricista. Cobain olía a espíritu adolescente, a dar tumbos sin rumbo. Leía a Burroughs, a Kerouac y a Bukowski. Lo drogaron de niño por hiperactivo y volvió a las drogas de mayor. Tomó heroína con su heroína Courtney Love. Escribió sobre el litio que combate las bajas presiones de la depresión. La vida del fundador de Nirvana no fue ningún Nirvana. A los ocho años le destrozó que sus padres se separasen. Adiós al sueño americano. Bienvenido al cambio de manos. Hoy con mamá, mañana con papá. La leyenda que él alimentaba dice que vivió debajo de un puente. Otros dicen que en la sala de espera de un hospital. De niño cantaba a The Beatles. Sólo la música y las letras le interesaban. Su tío le regaló una guitarra en vez de una bici y la lió. Cobain lo hubiese dado todo por su hija Frances, pero no fue capaz de agarrarse a ella y a la vida. Según Courtney, en Roma intentó suicidarse con drogas y champán, cinco días de hospital. Según sus fans, quien lo mataba era ella, vampira de su talento. Cobain es, para la publicidad, la Generación X, Seattle, el grunge. Pero Kurt era un crío con una letra k tatuada en el brazo. Un crío que intentaba salir a flote bajo un témpano de tristeza. Melancólico, roto, descosido y vuelto a coser, Cobain seguro que no celebra ser el muerto más rico. Su cadáver se incineró y se dividió en tres: para un monasterio budista, un río y su viuda negra. Este guardián entre el centeno dejó una nota para su amigo imaginario Boddah: «Es mejor quemarse que apagarse lentamente (Neil Young)». cesar.casal@lavoz.es