Hacerse mayor

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

24 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO cumplí cincuenta años pude constatar por primera vez que era mayor. Hasta entonces me iba engañando año tras año y convenciéndome con una falsa percepción de que únicamente me estaba haciendo mayor. Debió de ser que cuando me volví a sentir Peter Pan, negándome a crecer, no me cabía el traje, y por vez primera Campanilla no acudió en mi ayuda cuando más la necesitaba. Nunca más miré hacia el pasado, no quise reivindicar cómo había sido, y me instalé en un presente continuo dispuesto a conquistar el futuro, que como bien saben ya no es lo que era. Hacerse mayor, entrar en la quinta edad, supone afianzar las manías en la misma proporción en que se aminoran las pasiones, apuntarse al bando de las intolerancias cotidianas y desdibujar un poco la perspectiva. Hay determinadas molestias que arriban con los años. Te molestan sobremanera los ruidos, más los agudos que los graves; es más frecuente el reflujo en noches de tres copas que cuando rozabas la ebriedad en tiempos idos y sustituyes el footing por el senderismo y argumentas a quienes te quieren escuchar que sólo pones la televisión para ver películas, aunque lo que realmente te divierte es la crónica rosa en sus múltiples variantes. Ser mayor es relativizar la curiosidad por casi todo, y quedarse en casa los domingos pretextando el mucho frío o el diluvio que hace fuera. Hacerse mayor es casi una coquetería que se cura con la edad, como la juventud, y ser mayor es una cuestión inapelable que con suerte va a más; haciéndote mayor ves cómo van creciendo las amigas de tus hijos, y farfullar «¡qué barbaridad!» al paso de las muchachas en flor que desafían todas las edades. Yo continuaré haciéndome mayor por muchos años, coleccionando los recuerdos que voy cortando para pegarlos en el álbum de la vida vivida. No para volver a vivir, sino para poner empalizadas a la desmemoria, y para articular esta columna otoñal. Insistiré en mis mensajes a Campanilla.