Chavalísimos

LUIS VENTOSO

OPINIÓN

25 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

UNO DE los fenómenos más entretenidos de nuestra época es la prolongación de la juventud y sus hábitos. De seguir así, pronto empalmaremos el botellón con el asilo. En 1994 los gallegos se casaban como media a los 29 años. Hoy el matrimonio los pilla a los 32. Los chavales de aquí dejan la casa paterna a los ¡31 años! (el promedio español es de 28). Los avances médicos permiten partos primerizos al hilo de los 40. La paternidad se retrasa, porque nadie quiere liarse sin tener asegurado el condumio. Y cuando finalmente llegan los churumbeles, se descubre que el tema tampoco mola del todo, pues cercena los hábitos de juventud eterna en vigor. ¿Solución? Se achanta a los enanos en casa de la abuela y sigue la fiesta. La profecía de Dylan se ha cumplido: todos somos «por siempre jóvenes». En la parafarmacia del híper se venden sin receta microinyecciones para estirarse la cara. Los padres coinciden con los hijos en los antros de copas (para sonrojo de los segundos). Y los divorcios facilitan una eclosión de neojóvenes de cuarenta y tantos, hombres y mujeres que retoman los hábitos ligotécnicos del instituto cuando ya han cruzado el ecuador vital. Una singularidad del fenómeno es que los creadores son novísimos de por vida. Algo muy acusado en Galicia. Escritores y artistas disfrazados de Manu Chao blindan nuestra escena desde los años 80 -y copan los apoyos oficiales-, cerrando el paso a los emergentes reales. El buen novelista que tiene casi 50 tacos sigue recibiendo trato de gran esperanza blanca y la tele aún lo califica de «joven narrador». Los escultores, fotógrafos y pintores de La Movida ostentan aún el monopolio de la modernidad, 20 años después. Picasso pintó Las señoritas de Avignon con 21 años. Robert Capa fotografió al miliciano a los 23. Joyce, que tardó más, remató su Ulises con 40. En Galicia tenemos otro ritmo: seguimos esperando la obra maestra definitiva de genios de la quinta de la Pantoja. Eso sí: en camiseta, posando en la manifa, pero con la subvención bien trincada; y apoyando lo de fuera mientras se alardea de pedigrí nacionalista.