Benedicto XVI y el fanatismo

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

30 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

NUNCA se me había ocurrido leer las Memorias de África , de Isak Dinesen (seudónimo de la baronesa Karen Blixen), pero lo hice este verano, después de un inolvidable viaje por Kenia y Tanzania. El libro, de difícil clasificación, es una mezcla extraña de evocaciones y reflexiones personales, en el que la autora cuenta cómo vivió y cómo sintió algunos episodios de su larga estancia en África. Recordé estos días, con motivo de la oleada de protestas que ha levantado en Turquía el viaje de Benedicto XVI, una anotación de la aristócrata danesa, referida a su amante Denys Finch-Hatton (inmortalizado por Robert Redford en la película de Pollack) que no tiene desperdicio: «Denys [...] llevaba la Biblia consigo en todos sus viajes, lo que hizo que los mahometanos tuvieran una elevada opinión acerca de él». ¿Qué tienen que ver aquellos mahometanos, de los que nos habla Karen Blixen, que admiraban a un cristiano por ser fiel a sus creencias, con estos otros que han llenado estos días las calles de Ankara en protesta contra un cristiano que representa las creencias de millones de personas en el mundo? Poco o nada, esa es la dura realidad. ¿Se imaginan ustedes en Roma, en Lisboa o en Madrid -capitales de tres países con un alto porcentaje de católicos- manifestaciones similares en las que miles de fieles airados protestasen contra la visita de cualquier dirigente religioso hindú, ortodoxo o musulmán? No es posible imaginarlo. Quizá hace una o dos centurias, pero no, desde luego, en pleno siglo XXI. Y esto porque la religión, que no es, por definición, el opio del pueblo, según un día había escrito Carlos Marx, puede llegar a serlo si se convierte en una droga colectiva, que, como cualquier estupefaciente, elimina por completo la libre capacidad de juicio racional de las personas. Los países de tradición judeocristiana saben bien, por propia experiencia, en lo que da al final el fanatismo religioso, como para no ser capaces de ver ahora, en cuerpo ajeno, la catástrofe a la que puede conducir la fusión de política, identidad nacional y sentimientos religiosos. Benedicto XVI puede tener o no tener razón en sus juicios religiosos y sociales, pero lo que cabe esperar de los intelectuales y políticos que viven en sociedades democráticas es que defiendan el derecho del Papa, como defenderían el de cualquier otro ciudadano, a manifestar sus pensamientos y no las actitudes intolerantes, cuando no hostiles, de los que pretenden impedírselo a base de insultos y amenazas. Porque lo que está en juego no es el derecho a hablar de un papa u otro, sino el de todos los que creen en las libertades de expresión y pensamiento.