SÍ, YA SÉ que los ciudadanos que quieren ejercer su derecho al voto tienen que hacerlo en el municipio en el que están empadronados y no en otro. Lo contrario sería un lío y alteraría los resultados cuando de asuntos locales se trate. Pero no me digan que con los sistemas informáticos actuales no sería posible que votasen en las elecciones autonómicas del País Vasco los españoles que han tenido que dejar ese territorio empujados por las pistolas de ETA y se han debido empadronar en otra parte de España por razones tan pedestres como las de adquirir la tarjeta para estacionar su vehículo en zona limitada a residentes. Hace bien el Foro de Ermua en promover una iniciativa legislativa que modifique la Ley Electoral y permita votar a los 200.000 vascos que han sido desplazados en contra de su voluntad y, según prueban los estudios y una encuesta del Euskobarómetro, «no comparten el ideario nacionalista». No parece lógico que haya una ley que permita a los descendientes de un pastor vasco que vivan en Utah (Estados Unidos) votar en las autonómicas de su tierra de origen, y no haya otra para los vivos que han tenido que abandonar su patria chica bajo la amenaza de la extorsión económica y del tiro en la nuca. Es comprensible que no sean partidarios de esta medida el PNV, EA y EB, porque si la apoyan en las Cortes Generales saben que los votos de la diáspora irían a populares y socialistas y acabaría de inmediato el interrumpido mandato del primero, pero no es admisible que el portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso, Diego López Garrido, lleve cinco meses sin encontrar un hueco en su agenda, según ha declarado Isabel Castillo de Cortázar, vicepresidenta del Foro de Ermua, para recibir a los que solicitan la medida. La cortesía es obligada hacia quienes de manera civilizada quieren exponer su drama y buscarle soluciones, pero, a lo que se ve, el señor López Garrido anda más ocupado en mantener para el Gobierno los apoyos parlamentarios que necesita en la legislatura que en demostrar atención y respeto hacía las víctimas de la vesania, que además de preservar la memoria de sus seres queridos asesinados por ETA han tenido que cerrar negocios, casas, recuerdos, vivencias y amistades, empujados por el terror y el acoso del entorno etarra, esa pléyade de vecinos que activa o pasivamente han agrandado la tragedia con su displicencia, su insensibilidad y hasta su silencio cómplice.