EL INFORME Baker ha propuesto a George W. Bush rectificar su política en Irak y en el conjunto de Oriente Medio. La extendida desconfianza popular hacia esta larga y costosa guerra ha tenido su reflejo en el resultado de las elecciones legislativas del 7 de noviembre, saldadas con una clara victoria demócrata, en la que los candidatos republicanos no querían que el presidente hiciera campaña a su favor. El nuevo secretario de Defensa, Robert Gates, ha dicho abiertamente en el Senado que EE.?UU. no está ganando la guerra de Irak. Bush tiene ahora una última oportunidad para buscar un consenso respecto a Irak, así como para plantear acciones más acertadas respecto al conflicto y al necesario compromiso político de EE.?UU. con la región. Pero el informe Baker puede que no sea la solución. De hecho, ya ha tropezado con tres dificultades: realmente no ofrece alternativas exitosas, diluye el componente ideológico de la guerra y se ha hecho sin contar con los expertos del departamento de Estado y del Pentágono, que presentarán en los próximos días sus propios informes rivales. En concreto, Condoleezza Rice, la influyente secretaria de Estado, piensa que hace tiempo que ella ya ha aplicado las recomendaciones sensatas de James Baker y no le gusta nada la lección pública sobre cómo dirigir la diplomacia de EE.?UU. Lo que está claro a estas alturas es que la invasión de Irak en el 2003 fue un ejemplo de fracaso diplomático por parte de EE.?UU. Se hizo sin dar las explicaciones necesarias, sin construir los consensos internacionales precisos y sin argumentar las razones que podían existir para justificar la acción. El otro gran error de esta guerra ha estado en el plan de Rumsfeld para pacificar el país una vez producido el derrocamiento de Sadam Huseín. Se pensó que los norteamericanos serían recibidos como liberadores, sin tener en cuenta la historia de la región y la dividida población, se desmanteló el ejército iraquí y la seguridad del Estado y hubo torturas y abusos inadmisibles. El informe Baker es realista al describir la situación grave y peligrosa del país tres años después. Identifica cuatro focos de violencia (suní, chií, Al Qaida y criminalidad local) y advierte de que lo peor está por llegar si no se presiona al Gobierno democrático iraquí para que asuma su responsabilidad con eficacia. Básicamente propone dos tipos de acciones: primero, la retirada de buena parte de los casi 150.000 soldados norteamericanos a principios del 2008, con una redefinición del papel del ejército de EE.?UU. en Irak, convertido en asesor e instructor del ejercito iraquí, pero no garante de la seguridad. Segundo, una ofensiva diplomática y política en la región, con conversaciones directas entre EE.?UU., Irán y Siria y una mediación activa norteamericana en el conflicto palestino-israelí. George Bush ha prometido escuchar y valorar en las próximas semanas este y otros informes. La rectificación del curso actual se impone, aunque las alternativas no son fáciles ni sencillas. El presidente sigue entendiendo el conflicto de Irak como una contienda entre la libertad y la democracia contra el fundamentalismo y la tiranía. Bush ha dicho que debe existir flexibilidad en las fechas de una eventual retirada y que EE.?UU. no hablará directamente con Irán o con Siria si éstas no cumplen antes ciertas condiciones relativas a la influencia sobre el Líbano o la carrera nuclear. Con independencia del acierto del informe Baker, los valores, intereses y credibilidad de la superpotencia norteamericana están en el alero por causa de la guerra de Irak. Los países occidentales también se juegan mucho en esta encrucijada, porque su seguridad sigue dependiendo de EE.?UU. y están expuestos a las mismas amenazas. Pero los líderes europeos puede que se contenten con exhibir una supuesta superioridad moral y, una vez más, criticar en vez de hacer y denunciar los errores, pero no contribuir a solucionar un problema que es de todos.