CÉSAR CASAL
26 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.NADA como terminar el año con unas risas. Recupero un clásico: los textos que me hacen llegar lectores con errores que se cometen al hablar. Una mujer de una inmobiliaria me escribe que unos señores le pidieron ver unos árticos, en vez de áticos. Mucho mejor es la que quería una cocina de fornica con tiradores de acero inexorable. En las oficinas del Inem pasa de todo. El que llega y dice en la ventanilla que quiere pedir el suicidio, en lugar del subsidio. Y la que sin cortarse pregunta en voz alta ¿dónde está el himen? También hay conferenciantes que dan mucho juego. Como el que, tras su charla, veía que nadie se arrancaba a hablar y dijo él mismo: Voy a iniciar yo la ronda de preguntas para romper el fuego. Menos mal que no se puso a disparar. Nuestros hombres y mujeres de batas blancas han escuchado de todo. Doctor, es imposible que mi hija esté embarazada. Ella me aseguró que siempre lo hacía con su novio de córpore insepulto. O la otra que les dijo a las amigas: «Me voy a toda prisa. Tengo cita con el uterino naringólogo». Ahora estamos en unas aulas a punto de hacer un examen. Entra un profesor y dice: Se me ponen en tictac para que nadie pueda copiar del de delante. Todos miraron para el reloj. Hubiese sido más efectivo en zigzag. Están las frases que escucha uno mismo. Como la mujer que, apenada, te dice que murió la chica que cantaba y añade: Ahora le pondrán una estatua en Chipirona, por Chipiona. O la entusiasta que te dice que algún día ganarás el Premio Puligan, marca de ropa por Premio Pulitzer. O quien te pregunta si el libro que lees es un rock seller. El sentido del humor es lo único que nos salva de la frase cierta: todas las horas hieren, y la última mata. Los errores son preciosos. Como esa frase cantarina que se oye en Galicia: É espabiliña como as rosas.