CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
02 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.HAY tres Roth, Joseph, Henry y Philip, que tienen en común que escriben bien. Philip Roth es uno de los grandes, con permiso de Saul Bellow. Nacido en el 33, con los años mejora. Su último trabajo, Elegía , es una pequeña obra maestra. Apenas unas páginas para dejar claro que lo único importante que hay en nuestras vidas es la salud. Lean esta joya. Entren y salgan de los hospitales, de los amores, con el protagonista. Háganse mayores y valoren las pequeñas cosas, tan fugaces, tan hermosas. «La vejez no es una batalla. Es una masacre», dice desesperanzado al tiempo que recuerda cuándo se podía adentrar cien metros en el mar a brazadas y hacer luego el amor con su pareja. Sólo valoramos lo que perdemos, lo que se fue, lo que no está. O lo que ni siquiera ha llegado. El apetito humano es extraño. Voraz, a veces. Ajeno, otras. No faltan como en otros libros del autor las relaciones familiares, los demonios íntimos. El protagonista es padre de dos hijos de un primer matrimonio, que lo desprecian, y de una hija de un segundo matrimonio, que lo adora. El protagonista deduce que la vida no nos pone dónde nos toca estar. Nos pone dónde le da la gana. Sin preguntar. Las cosas suceden sin más. Y nuestras respuestas muchas veces son instintivas, como animales que somos. El libro es perfecto para leerlo junto al estribillo de las olas que rompen sobre la arena de una playa, por ejemplo. Su prosa es tan exacta como el mecanismo del reloj Hamilton que el protagonista hereda de su padre. No se le escapa ni un segundo. Y habla de cómo la ternura se descontrola con la edad. Soñamos que la vida será para siempre. Hasta que nos damos cuenta de que ya esperamos nada. «Es mejor dar con la mano aún caliente», dice. La vida es un juego en el que nos jugamos la vida. cesar.casal@lavoz.es