COMO SUCEDE en los equipos de fútbol, cuando las cosas no van bien se cambia el entrenador y se proponen algunos fichajes para una nueva estrategia que convierta al equipo en ganador. Eso es lo que acaba de hacer Bush relevando a los mandos militares y diplomáticos encargados de la estrategia para Irak. Pero, como todo en la vida, cada cosa tiene su tiempo, y lo que debía haberse hecho hace tres años ahora será mucho más difícil. Independientemente de lo que el pueblo iraquí sufrió bajo el poder de Sadam, la guerra de Irak para derribar el régimen tirano está originando mayores males a la sociedad civil que los que ejercía Sadam. Los norteamericanos no han sido capaces de administrar las ventajas de su victoria militar, ni política ni socialmente, con una estrategia consistente en ir traspasando lo antes posible la seguridad nacional y ciudadana a un Gobierno inestable y lleno de problemas. Al presidente Bush se le ofrecieron dos estrategias: la de promover una política de aproximación a Siria e Irán para que les ayuden a solucionar el conflicto, a la vez que anuncian una retirada programada; la segunda, el reforzamiento de las tropas norteamericanas hasta conseguir la pacificación del territorio iraquí. Parece que Bush ha elegido esta última, consistente en enviar cinco brigadas para ayudar al Gobierno iraquí a controlar la capital, Bagdad, primero; liberar un presupuesto económico suficiente para facilitar nuevos empleos a la población civil; por último, fomentar la reconciliación de las tres comunidades, chiíes, suníes y kurdos. Se comprueba así que Bush no piensa en la retirada, a pesar de que para desarrollar esta estrategia tiene que contar con la aprobación del Congreso, en manos de los demócratas. Veremos ahora la realidad, sabremos si la Casa Blanca en manos de los republicanos es capaz de convencer al Congreso para buscar la mejor solución a la guerra de Irak. Porque no podemos olvidar que las empresas petroleras norteamericanas y británicas, según el Independent del pasado domingo, tienen asegurada la explotación del 75% del petróleo iraquí para los próximos cinco años y unos contratos con las multinacionales BP, Shell y Exxon que durante 30 años podrán disponer del 20% del petróleo. A cambio, estas compañías se comprometen a modernizar la explotación de los yacimientos de Irak, tercer país del mundo en reservas.