ES SENCILLA la explicación de por qué no tendremos un Estatuto de Autonomía a la altura de las grandes de España. Porque no tenemos poder, ni objetivo ni subjetivo. Carecemos del tejido económico de Cataluña, de su fuerte trama de grupos de presión influyentes; tampoco disponemos de la bolsa poblacional andaluza, hoy convertida en la joya electoral de la democracia española; ni nos hacemos temer -afortunadamente- por la violencia compensadora del escaso tamaño y la declinante economía, como en el País Vasco. La historia no deparó a Galicia poder económico, ni tamaño geográfico para ser un gran bastión poblacional, mientras que la sensatez paisana congeló los oscuros intentos de un terrorismo a la gallega. ¿Qué hacer entonces para no ser ninguneados en el escenario del reparto asimétrico de la España autonómica? Se debió de adoptar la vía probada para las pequeñas comunidades, el modelo de David contra Goliat, de la pluma contra la espada, del ingenio contra la fuerza, del talento contra la prepotencia. Pero, una vez más, no ha podido ser. La carta principal del juego la detentaba el PSOE gallego. Con 10 diputados en el Congreso, tiene más importancia para la gobernabilidad de Zapatero que los 8 de la ERC de Carod Rovira, los 7 del PNV de Ibarretxe y los mismos que la deseada CiU de Mas. Añádase la presidencia de una comunidad autónoma y se concluirá que había cartas con las que apostar por un estatuto de primer nivel. Reforzadas por los dos diputados del BNG en Madrid y su apuntalamiento en el mapa político gallego. Pero no se han querido o no han sabido jugar a fondo. Ambos tuvieron miedo al órdago, a plantarse si el Gobierno central no reconocía cruciales garantías económicas para Galicia. Lo demás es humo y balones fuera. Al bipartito le entró el vértigo de situarse en la posición de la UCD gallega en 1980, cuando llevó a Madrid el actual estatuto, rechazado en primer instancia. Los descalificados entonces como barones caciquiles lo habían consensuado dando cancha a todos, incluso a los extraparlamentarios. Cuando Madrid dijo no, todos juntos salimos a la calle denunciando el «aldraxe». El poder central rectificó y se consiguió un gran estatuto, el actual. Hoy la antigua oposición está en el poder y teme la reivindicación colectiva, y la denuncia de las injusticias. Intentó el posibilismo blando con la propuesta al ministro de Economía para que garantizara a Galicia inversiones por razones de envejecimiento y emigración; y en su defecto, un 8% de las totales territorializadas. Pero Solbes dijo no, ni siquiera eso, tenía que cuadrar las cuentas para atender los compromisos con las autonomías fuertes. Y el bipartito calló, enarboló las abstracciones de los conjuros identitarios y le echó la culpa al PP. Luego emitió el comunicado político habitual; los que no gobiernan son los culpables del desgobierno.