EL PLENO extraordinario del Congreso de los Diputados ha marcado un punto de no retorno en las posiciones del Gobierno y del PP. La sede parlamentaria es ya insuficiente para afrontar el asunto ETA. No se trata del azar sino de decisiones conscientes, aunque se arropen de diferentes modos. El foso que las separa se ahonda con un enfrentamiento personal que hace muy difícil el sentarse juntos. El momento requería -y requiere- la visión del Estado. No sólo en la estrategia, también en el lenguaje. No ha dominado el otro día en el hemiciclo. No es difícil que la parte de la sociedad que no esté cegada por prejuicios de partido reconozca que las hipótesis sobre las que se basó el diálogo fueron dinamitadas de un modo cruel, para las víctimas, y para el propio presidente del Gobierno ¿Se entiende que esa vía ha fenecido o simplemente se pospone? Esa es la gran divisoria entre el Gobierno y el PP, y probablemente en el seno de la sociedad. No existiría si el diálogo se reiniciase una vez que se produjese el abandono de las armas por ETA. Entre tanto, ¿qué? La propuesta del PP de volver simplemente al pacto que firmó con el PSOE, a iniciativa de quien lo ha abandonado, supone una exigencia de rectificación con un coste político difícilmente asumible por el destinatario. De otra parte, la apelación a la unidad se hace en torno a unas premisas desconocidas. La posición del PNV y de ERC supone una práctica imposibilidad de que el PP se sume, si se mantiene el diálogo y se propone la derogación de la ley de partidos que el propio Gobierno rechaza. Pero el PP no ha esperado a que se verifique esa más que probable imposibilidad y fuerza una imagen de autoexclusión. Las posiciones fundamentales se definen en función del cálculo electoral que se está haciendo de un asunto de Estado. El presidente del Gobierno trata de asegurar el apoyo parlamentario de sus socios de izquierda y del PNV; CiU estará siempre a lo que caiga del poder. Al PP no parece importarle la soledad. Ha de apelar necesariamente, de un modo directo, a la sociedad. Su auscultación explica el rumbo zigzagueante de la política gubernamental. Ahora toca ofrecer el rostro severo del Estado de derecho, sin que se rompa el hilo de un diálogo indirecto y por partido interpuesto. Qué hacer con la pretensión de Batasuna. Por eso, la deriva gubernamental es ondulante. La del PP es directa e, incluso, abrupta, sorprendente en su líder. Se lo juega todo a una mayoría casi absoluta, que la radicalidad de las formas puede obstaculizar. La sociedad será el árbitro. Si no fuera por la repercusión negativa en parte de ella de la acción del presidente del Gobierno, no se justificaría el aparente interés de sumar al PP a la mayoría con que ha venido contando. Las cartas están echadas. Será decisivo cómo se jueguen, tanto por los actores democráticos como por ETA y su entorno. La elección estará presidida por un desencantado mal menor, en un cuadro blanco y negro, sin matices.