INDICADORES varios permiten conocer el estado de nuestra sociedad. Si atendemos al formato de los telediarios, sacaríamos una conclusión negativa viendo sólo su segunda mitad: corrupción urbanística y violencias varias. Instituciones, como la justicia, se cuestionan en la calle, que acoge con frecuencia manifestaciones, incluso una de guardias civiles con uniforme. La realidad del país es, sin duda, más compleja de la que refleja ese boceto. Es como un gran barco que sigue avanzando, y cuenta con una inercia positiva de lo acumulado, aunque se advierte un mar de fondo que incide en la navegación. A los medios de comunicación saltan fogonazos que iluminan la derrota marina. Si se mira en el espejo de la Bolsa o los resultados de las grandes empresas y entidades financieras podrá repetirse, como acaba de hacerse por un importante banquero, que España va bien. Se venden y se compran participaciones y se generan plusvalías. El aumento de las hipotecas proyecta una sombra en el cuadro de las grandes cifras; pero lo inmediato domina sobre el futuro y a ello contribuyen las facilidades crediticias que se arbitran. Síntomas aislados alertan de alguna enfermedad social. Hace unos días se llamaba la atención sobre el vandalismo de unos cuantos muchachos, algunos menores de edad, pisoteando la tumba de Gregorio Ordóñez, concejal del PP asesinado por miembros de ETA. Puede descubrirse ahí un odio heredado que no constituye un presagio tranquilizador. Mientras se aboga por la paz, la actitud de los imputados en el Tribunal no muestran ningún gesto que la propicie. Son la punta de un iceberg que emerge en la creciente división de la sociedad española. También hace poco los disturbios de bandas de muchachos en Alcorcón golpeaban la sensibilidad de la ciudadanía. Una imagen que hizo recordar sucesos de hace un año en la periferia urbana de París. Una sociedad, que ofrece a los inmigrantes unas expectativas de mejoría económica, con desigualdades y sin valores que trajeron sus padres desde la otra orilla a donde nuestros antepasados los llevaron. Son manifestaciones extremas que inducen a indagar en sus causas. Afectan a situaciones cotidianas que prefiguran el futuro, en el que las actuales generaciones jóvenes serán protagonistas principales. Se pone el acento desde posiciones diversas en la importancia de la familia y de la educación. Pero no parece que los resultados de las iniciativas públicas en la materia las favorezcan. La familia requiere estabilidad, que el matrimonio propicia. La educación ha de fundarse en valores, sin incompatibilidad entre el respeto a los principios democráticos y la formación religiosa y moral acorde con las convicciones de los padres. No es buena vía para la paz reverdecer, como han reconocido los obispos españoles, viejos enfrentamientos de catolicismo y laicismo y, mucho menos, como opciones políticas. Es preciso aunar esfuerzos para construir un futuro socialmente vigoroso