A TORRE VIXÍA
09 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.LA ENORME memez perpetrada por un juez de Tenerife, que puso coto a uno de los pocos carnavales que quedan en el mundo que ni vive de la subvención ni ha devenido en una pura horterada o en evidente manifestación de lo cutre, se hace -como gusta de decir la vicepresidenta del Gobierno- por pura aplicación del Estado de derecho. Esta circunstancia, unida al creciente y siempre peligroso «gobierno de los jueces» (Montesquieu díxit), puede llevarnos a una situación en la que, en un país donde no es posible detener y precintar un vespino que abouxa a placer a todo el barrio, ni disolver la movida que inunda las calles de jóvenes bebidos y alucinados, se acaben prohibiendo los desfiles del carnaval de Tenerife, las tamborradas de San Sebastián y Calanda, o el impresionante desfile procesional que, en la madrugada del Viernes Santo, lleva al Cristo de las tres Caídas desde su humilde capilla de Triana a la soberbia catedral metropolitana de Sevilla. Después vendrá, supongo, la prohibición de las tracas valencianas, de los fuegos del Apóstol, del desfile de los carros de combate, y de la prolongada verbena que hacemos en Forcarei por las fiestas de agosto (que a mí, dicho sea de paso, no me deja dormir). Y todo, como es lógico, sin que nadie se atreva cerrar los locales de la movida o a parar al vespino que abouxa las calles porque el guardia municipal no está capacitado ni tiene instrumentos para medir decibelios. En un momento político como éste, en el que una ignorante, pertinaz y desenfocada invocación del Estado de derecho se ha convertido en la última ratio de todos los debates, me parece muy importante exagerar y extremar diagnósticos como éste que, de forma esperpéntica e inopinada, afecta al carnaval tinerfeño. Porque es necesario aprender, si aún podemos, que el hecho de gobernar y gobernarse es mucho más complejo, creativo e inteligente que el permanente recurso a las plantillas jurídicas que están asfixiando el debate libre e inteligente, la capacidad de innovación política y la posibilidad de construir una sociedad para la que el Estado de derecho sea, en vez de un amo cruel y atrabiliario, un servidor inteligente que potencia los acuerdos políticos y sociales que alcanzamos en vida o hemos heredado de la historia. Es posible que cuando la gente oye decir Estado de derecho considere que la frase es sinónima de Santísimo Sacramento. Pero el abuso de esta expresión por parte de personas como Fernández de la Vega o López Garrido supone una forma de manipular la democracia que en ellos no es tolerable. Porque la democracia es un valor que no se agota en el Estado de derecho, y obliga a hilar mejor la idea del buen gobierno.