La integración del inmigrante

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

14 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

EN ESPAÑA nos frotamos las manos porque creemos que hemos aprendido de experiencias foráneas y que estamos en el buen camino en el tratamiento de cuestiones relativas a la inmigración. Es como si, por llegarnos los problemas más tarde, ello garantizase que hemos aprendido en cabeza ajena. Y lo cierto es que son pocas las garantías de que sea así. Quizá por ello los europeos que parecen mirarnos con envidia son los mismos que se asombran de nuestra prepotencia y de nuestra ingenuidad. Porque nos dedicamos a poner parches antes de que surjan las heridas y nos felicitamos por ello. Pero la experiencia europea no abona a medio plazo nuestro optimismo. La política de integración desarrollada por Francia está en crisis (y así lo han reconocido ya los dos grandes candidatos a la presidencia, Nicolás Sarkozy (centroderecha) y Ségolène Royal (socialista), que han anunciado replanteamientos muy novedosos. Y también está en crisis el multiculturalismo británico, que ha desembocado en la constitución de guetos y la fragmentación del tejido social. Es decir, que ni por la vía jacobina, ni por la llamada liberal, se ha logrado evitar que la inmigración acabe siendo -y tratándose- como un problema que no se ha sabido afrontar. España necesita de la entrada de inmigrantes. Es algo que se ha repetido hasta la saciedad, incluso cuando los extranjeros (sobre todo los sin papeles ) no han dejado de aumentar en cantidades que superan la oferta teórica. Nuestras calles se han ido llenando así de un nuevo vecindario variopinto que no crea mayores problemas, y los que se perciben, preferentemente en los ámbitos de la seguridad o de la educación, están mal formulados, porque no denotan un rechazo de los inmigrantes en general, sino de las condiciones de su llegada e incorporación al espacio común. Pero las encuestas revelan un aumento de la preocupación social. Todos aceptamos que la inmigración es necesaria, pero no a cualquier precio, ni de cualquier modo. Nuestros gobernantes deberían trabajar en ello, en vez de felicitarse tanto por los males ajenos que aún no padecemos. Porque, sin una certera previsión, los males acabarán por llegar.