HA DE crearse un centro en León que tratará la totalidad de las denuncias que en España se detecten a través de cinemómetros fijos por razón de infracciones de tráfico en materia de velocidad. Su función es la de reducir los plazos para notificar su falta al infractor, puesto que el radar fijo no lo intercepta para comunicársela en el acto. La sustancia del procedimiento sancionador no varía, la Administración gana un cierto lapso de tiempo en la consiguiente tramitación. Obsérvese por lo demás que el Plan Estratégico de Seguridad Vial 2005-2008 ha previsto la instalación de 500 radares fijos en las carreteras españolas, que se suman a los 300 radares móviles ya existentes. Y todo esto, ¿por qué y para qué? Se trata de combatir con la máxima eficacia -en la conducción de vehículos- el mal uso de la velocidad en su vertiente de excesiva, cuando se sobrepasan límites legales, como medio de su radical entidad de factor de riesgo en los cómputos de la accidentalidad en el tráfico. Inicialmente, nada cabe objetar respecto a la oportunidad o a la licitud de este orden de medios, tan al uso en los países de nuestro entorno. Ocurre, sin embargo, que tanta tecnología tiene sus inconvenientes y, a nuestro juicio -nunca tan discutible-, estos nuevos métodos de vigilancia de la circulación restan -por definición- la presencia de agentes profesionales de la vigilancia del tráfico en calles y carreteras, cuando ya este sistema de trabajo, el más eficaz y tradicional -singularmente en la vía de la prevención-, no brillaba precisamente por su intensidad. Ocurre asimismo que otras normas de circulación -adelantamientos, cambios de sentido, prioridades, etcétera- se vulneran con harta frecuencia y, siendo grande su carga de peligrosidad, los autores de estos hechos tantas veces gozan de la impunidad que no pueden evitar radares fijos. Déjenme decir por último que no van a intimidarse los sucesores de Guzmán de Alfarache, esa legión de pícaros -el gran enemigo que derrotar- causantes de tantas desventuras, a quienes no preocupando la suspensión de su permiso de conducción, su revocación o su carencia, menos va a preocupar cualquier medidor de velocidades. Y no es preciso aclarar que uno no está contra los radares, sino a favor de los buenos vigilantes del tráfico.