La guerra y las heridas internas

OPINIÓN

LA GUERRA de Irak, como cualquier guerra, lo destruye todo. Destroza los escenarios de combate. Hace sucumbir principios. Siega cada día decenas de vidas. Enfrenta a países, personas y religiones. Crea odios y afanes de venganza. Marca con un estigma a todos los que han tenido algo que ver con su planteamiento, han participado en sus acciones militares o han denunciado esa participación. Y, como si sus efectos contuvieran un extraño veneno, crea escisiones dentro de los países que han decidido implicarse. Es lo que ocurre en España. El cuarto aniversario de la invasión de Irak ha vuelto a revivir las viejas razones del enfrentamiento interior, como si de un asunto de política interna se tratara. El sábado hubo manifestaciones con símbolos ilegales y que enfrentan a los ciudadanos. Ayer mismo, a las puertas del Congreso, se concentraron los representantes de todos los partidos con excepción del PP, que gobernaba cuando José María Aznar se hizo una foto llena de gloria, pero también de bochorno posterior. Y mientras vuelve a triunfar la tesis del rechazo, el propio Aznar se ve obligado a sostener la necesidad de permanecer en Irak para no regalar una victoria al terrorismo que castiga tan cruelmente a ese país. Es decir, que estamos en una situación de opinión pública parecida a la de hace cuatro años. No hay gentes por las calles llamando «asesinos» a los protagonistas, pero siguen los maleficios. Y dentro del PP, algo peor: dos diputados de su grupo parlamentario, los señores López Medel y Del Burgo (aunque éste milita en Unión del Pueblo Navarro) han manifestado en público su desacuerdo con la participación española decidida por Aznar. Este episodio, a mi juicio, no tiene mayor importancia. Tampoco ministros tan importantes como Rodrigo Rato o Josep Piqué estuvieron de acuerdo, y no ha ocurrido nada. Pero no anduvieron diciéndolo por las emisoras. Ahora estas discrepancias se airean y magnifican como si constituyeran una escisión en la derecha española. Ayer fue un asunto de debate, casi a la altura de los otros grandes asuntos que nos ocupan a diario. Hubo medios que han pedido que Rajoy y compañía hagan un ejercicio de autocrítica. Y lo más inquietante es que los dirigentes del PP lo afrontan como un asunto vergonzante, que beneficia a la izquierda en vísperas de las elecciones. Todo esto es de aurora boreal. ¿Qué pasa por que dos diputados muestren su disconformidad con hechos pasados? ¿Dónde está el drama? Al Partido Popular le falta cintura para asumir las discrepancias y acogerlas como fruto de la libertad de expresión interna. Más graves son las divergencias de Rosa Díez, por ejemplo, en el seno del PSOE. ¿Y se dividen los socialistas por eso?