ACABO de regresar de una ciudad que ya conocía. Una ciudad de tamaño intermedio que en los últimos años duplicó su extensión, pero el incremento de su calidad urbana fue superior a su crecimiento. Así era la ciudad que recorrí. Su centro histórico rehabilitado y revitalizado, donde los viejos comercios renovados y especializados aportan un atractivo nada desdeñable a un patrimonio recuperado magistralmente por arquitectos locales. Las calles peatonales bien diseñadas, fáciles de pisar y con un mobiliario urbano nada convencional. Un centro histórico recuperado en su cultura, en su población, en su actividad económica. El Ensanche del siglo XX mudó el espacio para el automóvil por el uso peatonal, llegando incluso a convertir la principal arteria urbana de antes en el gran paseo ciudadano de hoy. La alcaldesa ha sabido prescindir de su principal avenida para convertirla en el principal paseo, un lugar de encuentro que nunca tuvo. Más allá del centro, los monótonos barrios obreros de la fase industrial y los desarrollos urbanos de peor calidad han sido renovados, derribados, o rehabilitados, completando esos espacios urbanos con un diseño innovador, tanto en los nuevos edificios como en los espacios verdes, las calles peatonales, las plazas y las dotaciones deportivas. En la nueva periferia, grandes promociones de barrios sociales se intercalan entre extensos parques metropolitanos y un sistema de lagos urbanos. Las pequeñas aldeas rurales intercaladas están siendo recuperadas y en algunos casos convertidas en el germen de nuevos desarrollos residenciales con naves para pequeñas empresas de nueva economía. Más lejos, las nuevas formas del ecourbanismo (energía solar, bioconstrucción, etcétera) se yuxtaponen a centros tecnológicos y de innovación empresarial. En esta ciudad no hay atascos, el tráfico es fluido, las avenidas arboladas atraviesan los anillos verdes, los campus universitarios y las zonas de equipamientos especializados. Al fondo de las avenidas de acceso, los montes del entorno abren el escenario urbano a la naturaleza. Ésta es la imagen de una ciudad real, una realidad que puede servir de contrapunto a nuestro urbanismo insostenible. Probablemente en ella podían mirarse nuestras ciudades, máxime ahora que los aspirantes a alcaldes se esfuerzan por buscar propuestas imaginativas, aunque de momento yo no he visto más que actuaciones con bajo perfil innovador. Claro que, a lo mejor, la culpa es mía, por no haber visto lo suficiente.