LA IDENTIDAD puede parecer una cuestión del pasado aunque, en realidad, con lo que tenga que ver sea con el presente. Si el pasado constituyera un ingrediente básico y decisivo de la identidad, o ésta de aquél, la identidad y el pasado estarían claros a estas alturas del presente, y no habría nada más que decir, o muy poco. Pero no es así. El pasado se ve sometido a constante revisión. No hay un hoy que, convertido en ayer, deje de ser mañana materia de debate, ni identidad que deje de ser puesta en la revisión de sus señas, o en la revitalización de su inventario, si es que eso es lo que se considera menester. Eso hace de la identidad y del pasado temas del presente, y convierte la historia en una fiesta inestable sujeta tanto a los sistemas respiratorios de las ideologías, y al dinero y procedencia de las subvenciones, como a la inconstancia de las meteorologías de los sistemas y las clases sociales. En Francia, por ejemplo, donde los políticos en la pugna electoral no tienen mejores ocurrencias que en la normalidad del poder, una candidata tan progresista como Ségolène Royal acaba de soltarse el pelo con la sugerencia de que los franceses aprendan a cantar la Marsellesa antes de nombrar con corrección a su padre y a su madre, un hecho que en cuanto lo lograran, habrían de celebrar colgando banderas tricolores en los balcones, si es que no en las boinas. Tan masiva expresión de la identidad como calentura revolucionaria ha llevado al candidato Sarkozy -ex ministro del Interior perfectamente instruido al respecto de banderas, balcones, Marsellesas y boinas- a prometer un orden en el aluvión identitario mediante un ministerio de la inmigración y la identidad, cosa que supone en el burócrata francés una fina intuición, así como en la identidad francesa una fuerte elocuencia. Eso en cuanto a la identidad francesa, que empieza y acaba en francés y a la francesa. En cuanto a la identidad de la Iglesia católica del uno al otro confín, la cosa no está tan clara. Que la Iglesia católica sea universal por la definición de católico es algo puesto en duda por el arzobispo de Granada al expulsar del convento de la Piedad a dos monjas indias que ahora, puestas en la calle, se preguntan, quizá como el lector, cuál es la dirección más auténtica y católica de esa Piedad a la que se acogieron.