No fue un error, sino un crimen

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

18 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

EL GOBIERNO británico acaba de reconocer que el simple hecho de hablar de la guerra contra el terrorismo -la «war on terror» tan querida por Bush- constituye una gravísima equivocación, ya que unifica y da coherencia al conjunto de grupos que practican la violencia, y eleva a Al Qaida al nivel de los actores institucionales. La idea de ver sus tropas atenazadas por un fantasma que se entrevera con la población civil les produce a la vez miedo y bochorno, y por eso han iniciado una estrategia destinada a convencernos de que todo esto fue un error inevitable, y que su eterna disposición a salvar la civilización occidental nos obliga a pagar solidariamente las facturas de la guerra. Lo que no dice Blair es que esta tardía obviedad, que llega a Washington y Londres mezclada con olores de derrota, ya era perfectamente visible antes de invadir Afganistán y Mesopotamia, como puede comprobarse en todos los artículos que escribí sobre la guerra desde el ataque contra las Torres Gemelas hasta hoy. Por eso pude recogerlos y exhibirlos en un libro - As inxurias da guerra- al que le otorgo la modesta virtud de denunciar a los ciegos que no quisieron ver. Porque estoy convencido de que, en vez de concluir que la invasión de Irak fue un error, del que ahora se arrepiente Blair con cierta grandeza moral, estamos ante una perversión consciente de la ley y la guerra que, convertida en instrumento de dominación y rapiña, sólo se trata de racionalizar y disculpar a causa de la derrota. En una línea parecida se mueve Hans Blix que, encargado por la ONU de verificar la existencia de armas de destrucción masiva, trata de equiparar su actitud a la de su colega El Baradei, como si también él hubiese advertido del error de la guerra y de la necesidad de evitarla. Por eso hay que recordar que la actitud de ambos funcionarios no alcanzó iguales niveles de compromiso moral y científico, y que, mientras El Baradei comprometió su palabra y su prestigio al decir que tales armas no existían, ya que sería imposible ocultarlas ante una investigación tan minuciosa, el señor Blix se parapetó bajo la ambigua afirmación de que necesitaba más tiempo para encontrarlas, en una actitud que, sin dar razones para la guerra, tampoco las dio para la paz. El horror de Afganistán e Irak, que empieza a diluirse en la actualidad amable de las sociedades opulentas, nos obliga a revisar con desgarrado realismo todo lo que se dijo y se dice sobre aquellas invasiones. Porque, detrás de cada disculpa o de cada explicación que nace del trío de las Azores y sus cómplices, hay una prueba -o una evidencia- de que lo que estamos contemplando no fue error, sino un crimen de lesa humanidad.