Matanza en Virginia

| RAMÓN IRIGOYEN |

OPINIÓN

18 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

EN UN país tan aficionado a batir récords como es Estados Unidos, la Universidad Politécnica de Virginia ya ha batido, en el ámbito estudiantil, uno mundial de tragedia. Los 32 asesinatos perpetrados en el edificio Norris Hall, que alberga las aulas de Ingeniería, a los que hay que sumar los dos crímenes cometidos con anterioridad en el colegio mayor Ambler Johnston, demuestran algo que no se cansan de repetir los autores de novela negra: el asesinato es un hábito humano y, por tanto, los crímenes se suceden de 30 en 30. Pero siempre hay alguien empeñado en declarar que el mundo es un jardín de rosas, que los pajarillos trinan felices en los árboles y que la vida sigue siendo bella, aunque un psicópata te descerraje una docena de tiros en el descansillo de la escalera. La Universidad Politécnica de Virginia vive una terrorífica tragedia: y por eso recibe la visita del presidente de Estados Unidos, George Bush, que, vestido de riguroso traje y corbata negros, declara para la historia esta sentencia que para sí quisiera Sófocles, el inventor, con su Edipo rey, de la tragedia policíaca: «No es posible entender toda esta violencia». ¿Qué se le puede aconsejar al presidente de un país que lleva ya cuatro años de guerra en Irak para que empiece a entender un poco cómo funciona la violencia humana? ¿Nos quiere hacer creer Bush que la actuación del psicópata que ha asesinado a 32 personas no tiene ninguna conexión con el delirio político que vive su país? Dado que Bush no puede entender estos crímenes, ni siquiera con el espejo de la guerra de Irak, sin sacarlo de ese territorio, recomendémosle alguna lecturilla que le dé alguna pista. La novela policíaca Asesinato en Mesopotamia -vamos, el antiguo Irak-, de la gran Agatha Christie, que cuenta la historia de dos asesinatos, le dará buena información sobre la psicopatía de algunos seres humanos que, por desgracia, no escasean. La psicopatía es social. Basta con ver la publicidad que se hace -ahora triunfa en las vallas un tarado que abre un refresco con los dientes- para poder entender que cualquiera puede descerrajarnos dos tiros en cualquier sitio.