PUEDE que las elecciones se ganen en el centro, y puede que los partidos busquen el centro, aunque esto no parezca tan verosímil. A veces, el centro es casi un automatismo de supervivencia, y a veces, un espasmo enajenado. Sartori señalaba en su obra inconclusa sobre los partidos políticos que las presiones sobre los extremos políticos podían resolverse con una opción centrista por temor a la amenaza de los radicalismos sobre el sistema. Con una dinámica diametralmente opuesta, los Gobiernos centristas podrían estimular planteamientos y pugnas extremistas, precisamente y entre otras cosas, por un cierto ensimismamiento del sistema, que estimularía su debate y revisión ideológica. En esa oscilación entre el ser y la nada, el centro suele ser, también, la opción más escéptica y más harta de la lata que pueden llegar a dar los políticos, vista por los propios políticos. Algo así puede pasar hoy en Francia, donde el candidato centrista parece no querer mirar a ningún lado en concreto, ni dejar de mirarlos, aunque sólo sea para no recaer en los aspavientos de una retórica algo redicha y ligeramente abstracta. Tampoco conviene perder de vista que, frente a los discursos de la izquierda y la derecha, sobre lo que el electorado tendrá a partir de sus opciones de gobierno, el candidato centrista prefiere localizar su discurso en lo que se tiene y se prefiere seguir teniendo. En ese sentido, que algunos calificarían, con tanta razón como ligereza, de «común», Bayrou se presenta como el candidato de la lozanía campesina de la dulce Francia. Franco, sencillo y directo, el hombre del centro en Francia ha sabido asegurar todos sus contrastes con aquéllos con los que no quiere que le confundan. Es cordial donde y cuando Sarkozy resulta correoso. Y sabe ser realista frente a una candidata del socialismo cada vez más empeñada en acaramelar sus propuestas. Así pues, Bayrou vendría a ser, más propiamente dicho, lo que ni Ségolène Royal ni Nicolas Sarkozy pueden ser. Ha dicho de sí mismo que es «el más simpático» de los candidatos. Es probable, no sólo que lo sea, sino también que el elector se lo crea. Sobre todo desde el momento en que un político de jubilación tan antipática como el ex presidente -y ex centrista- Giscard D'Estaign ha decidido apoyar a Sarkozy.