GEORGE Pompidou, Giscard d'Estaing, Mitterrand y Chirac, además de haber ocupado la Presidencia de la República, tenían en común pertenecer a la generación de franceses que combatieron en la II Guerra Mundial o que la padecieron durante su adolescencia. El próximo presidente de los galos, en cambio, habrá nacido mientras gobernaba el general De Gaulle. El final de un ciclo y de toda una generación de dirigentes políticos empujó ayer en tromba a los franceses a las urnas para protagonizar la jornada electoral con mayor participación en la historia de la V República. El 85% de los electores, una cifra de récord también en cualquier otra elección reciente de cualquier otro país europeo, han querido tomar posición ante la nueva era que le espera a su país. La primera vuelta de las presidenciales confirma el reencuentro de los franceses con la política, sobre todo cuando su modelo social está en entredicho por la brecha entre ricos y pobres y, a la vez, por una deuda pública que tiene agarrotado al Estado. El reencuentro con la ilusión política, que es lo que significa la implicación masiva de los franceses en la primera vuelta de las presidenciales, supone una buena noticia para todos los europeos. A la postre, fueron los franceses los que derrotaron el absolutismo hace doscientos años y extendieron su revolución por el continente. A la postre, su chauvinismo hizo de contrapeso durante la guerra fría y hasta nuestros días frente al seguidismo británico con Estados Unidos. El 6 de mayo ya no habrá descartes, sino un vencedor y un derrotado. Sarkozy parte con la ventaja de haber sido el claro ganador de la primera vuelta y de saber que podrá recibir, a la vez, el apoyo de los compatriotas que ayer optaron por el centrista Bayrou o por el provocador Le Pen. Los franceses han decidido que Nicolas Sarkozy tenga en frente a la socialista Ségolène Royal; quien fue elegida candidata porque se le consideraba la mejor baza mediática de un socialismo hundido tras la humillante derrota de Jospin en las anteriores presidenciales, pero cuyas cualidades para dirigir el país tampoco han salido a relucir durante la campaña. La vacuidad de su discurso y sus ingenuas promesas de regalar felicidad contrastan con la resolución, la autoridad y el liberalismo radical de Sarkozy. A tenor de lo que han hecho los franceses en las presidenciales del último medio siglo, el 6 de mayo Sarkozy debiera ser el nuevo presidente de Francia.