LA CALIDAD del empleo es una gran preocupación sindical, según demostraron las manifestaciones del Primero de Mayo. Sin embargo, sólo inquieta al 9% de la sociedad, según se desprende del último barómetro del CIS. El 91% restante tiene otras inquietudes personales (por ejemplo, la vivienda) o colectivas, como el terrorismo. Y en el medio exacto de la tabla, en el puesto número cinco, aparecen los partidos y la clase política como problema nacional. Como ayer anotaba Gonzalo Bareño en estas páginas, los políticos preocupan más que la inseguridad ciudadana o la sanidad. Esto es un dato nuevo en nuestra vida pública. No es que nuestros representantes y gobernantes disfruten de mayor o menor prestigio, que ya sabemos que no estamos en el mejor momento de la historia. Tampoco se trata de que individualmente merezcan mejor o peor calificación, que eso depende de la ideología del entrevistado. Es que la sociedad, después de haberles encomendado la solución de sus problemas, los considera a ellos mismos un problema: quizá el problema. Y cuando 16 de cada cien españoles piensan eso, estamos ya ante un estado de opinión que grita su calificación: ¡suspenso! La verdad es que los políticos son temidos, pero nunca han gozado de la mejor imagen, ni en España ni en otros países. Bernard Shaw ya se refería a ellos así: «Este hombre no sabe nada y cree que lo sabe todo». Si usted piensa que el señor Shaw se refería a comentaristas como un servidor o a los tertulianos de la radio y la televisión, se equivoca. Shaw apuntaba a otro escenario: «Claramente la situación anuncia una carrera política». Aquí en España, un buen conocedor interno del gremio, Leopoldo Calvo Sotelo, dibujó así a los profesionales de la cosa pública: «Unas decenas o centenares de personas que se agitan, hacen declaraciones, se pelean, ocupan buena parte de la actualidad y algunas veces actúan». Lo que sospecho que censuran los encuestados es la última parte de la definición: la actuación. Podemos ponernos en plan trascendente y decir que la democracia no goza de buena salud cuando sus agentes son el problema común. Podemos ponernos en plan analítico y proclamar que ésta es la consecuencia desastrosa de la crispación y la falta de acuerdos. Pero sería un análisis incompleto si no se aporta otra perspectiva: nuestros políticos son víctimas del espectáculo mediático. Ninguno es noticia si dice algo sensato y coherente. Por tanto, para salir en los telediarios, tiene que decir algo insensato e incoherente, y es lo que hacen todos los días. Y esa es la realidad que ve la gente. ¿Cómo quieren que, encima, les aplaudan? Sólo repiten la frase de Romanones, resucitada por Rajoy: «Joder, qué tropa».