LAS ELECCIONES presidenciales celebradas ayer en Francia no sólo han servido para elegir presidente en la forma previsible, y para poner fin a un epígono forzado de la era Chirac, sino para poner de manifiesto las claves del debate ideológico que se lleva en toda Europa, y los modelos de liderazgo sobre los que los ciudadanos nos vemos obligados a optar. Y, puesto que lo que se vio en Francia subyace también en la política española, sería bueno que aprendiésemos la lección en cabeza ajena antes de llevar un coscorrón en la propia. La derecha, amalgamada por Nicolás Sarkozy, se presentaba ante los franceses con un perfil duro, que hace temer ciertas formas de degradación democrática que ya se padecen en Estados Unidos y en otros países que, como España, fueron gobernados recientemente por conservadores. Sin llegar a ser neocons americanos, los nuevos líderes presumen de pulso firme y voluntad inflexible, de tratar a los desiguales desigualmente, y de establecer un modelo de competitividad que suministra eficiencia a costa de la igualdad y de la cohesión social. Pero estos líderes y estos partidos juegan con la ventaja de estar cubiertos por una ideología triunfante y sin alternativas, que dota su discurso de una precisión y una seguridad que el pueblo transforma en credibilidad y confianza. Ségolène Royal, por el contrario, que exhibió el perfil amable y europeísta de la izquierda, y que puso sus acentos en los valores de la igualdad, la cohesión y la democracia, evidenció la crisis de una ideología que no da cobertura a un programa de acción política, y por eso mantuvo un nivel de imprecisión e inseguridad que los ciudadanos tradujeron en falta de credibilidad y quiebra de confianza. Con estos mimbres, los ciudadanos nos vemos obligados a elegir entre perfiles que nos disgustan, pero que parecen dominar la situación y la maquinaria del Estado, y otros que nos atraen, filosofando sobre la libertad y la igualdad, pero que nos ofrecen dudas sobre su capacidad de gestión y sobre el realismo de sus propuestas. Y así se explica la analéctica política instalada entre nosotros, donde los discursos de partido representan un diálogo de sordos, y donde la controversia Zapatero-Rajoy se reduce a la descalificación y a la crispación más aberrante: si Zapatero consigue demostrar que el PP es ultraliberal y autoritario, no pagará el precio de su confuso gobernar. Y si Rajoy acierta a probar que Zapatero es un osado, o un artista del cambalache, podrá llegar a la Moncloa. ¿Y qué hacemos con los asuntos que rigen el presente y determinan el futuro? Pues «que inventen ellos», como dijo Unamuno, porque para eso vivimos en tiempo de vacas gordas.