JACQUES Chirac pasará directamente al olvido y probablemente la historia lo registrará como el presidente inmovilista que generó más voluntad de cambio en Francia. Sólo faltaba por decidir qué clase de cambio querían: el que preconizaba Nicolas Sarkozy o el que prometía Ségolène Royal. La respuesta llegó el domingo. Los franceses han elegido la oferta del hijo de un exiliado húngaro. Toda una novedad. ¿Y por qué lo eligieron? Porque, aunque Ségolène Royal encarnaba más directamente el cambio, Sarkozy fue capaz de cuantificarlo y fechar sus promesas. Ambos sabían que los franceses querían que se reformase un sistema que sólo genera parálisis y estancamiento. Pero esos mismos franceses, tan aparentemente partidarios del cambio, quieren que no se destruya el Estado del bienestar ni otros logros sociales. Lo que desean es que se corrijan los males de la recesión, el endeudamiento, la deslocalización empresarial y los problemas derivados de la inmigración. En síntesis, que no quieren una revolución, sino alguien que lo arregle todo sin descuadrar las cifras. El nuevo presidente ha prometido soluciones que limiten la mala herencia del mayo 68. En esta línea, implantará servicios mínimos suficientes para el caso de huelgas, reducirá los impuestos y refinanciará las pensiones. Sarkozy no ha prometido debates ni consenso, como ha hecho Ségolène, sino que ha apostado decididamente por la Francia activa, frente a la Francia asistida. La izquierda teme una fractura social, pero Sarkozy parece desearla en la medida en que anhela romper con ese pasado de parálisis y ensimismamiento, con Francia retrocediendo en todos los frentes. Su gran habilidad ha estado en saber postularse como el candidato del cambio, a pesar de estar en el Gobierno y de ser corresponsable de la situación. Los franceses han valorado su pugna con el denostado Chirac. Sarkozy encarna hoy la esperanza de una Francia nueva en una Europa necesitada de impulso. Es una oportunidad también para la Unión Europea.