PARÍS, domingo, 18 horas. Mi amigo Jean Daniel, director de Nouvel Observateur , insiste en convencerme: Ségolène Royal, la candidata socialista, ha perdido. Francia ha votado a la derecha radical. Le hubiera rogado esperar el último minuto antes de dar por hecho lo que las urnas no han ratificado, pero sé que esto no es un juego. Todas las encuestas, vengan de donde vengan, apuntan a favor de Sarkozy, algunas incluso con una diferencia que supera en catorce puntos a Ségolène. Los elephants, como algunos denominan a los históricos socialistas, ya hablan de «la chute Ségolène» si la diferencia entre ganador y perdedora llega a los 10 puntos. Hablan de su caída dentro del partido y piden su cabeza. Curiosa petición teniendo en cuenta que en toda la campaña la candidata no ha contado con el apoyo de su partido. El Partido Socialista Francés, perdido en discusiones del siglo pasado, la ha soportado a trancas y barrancas. Ségolène ha sido ante todo una candidata sin partido que ha llevado a los suyos al límite de sus propias contradicciones internas, a plantearse si quieren seguir existiendo en el marco de la nueva realidad del mundo globalizado o prefieren morir. Lo segundo es fácil; para lo primero es necesaria una renovación de ideas y planteamientos. Ségolène ha jugado en estas elecciones el papel de corredora de fondo solitaria, sin discurso coherente, improvisando y cambiando promesas a golpe de resultados de encuestas, soportando misoginias baratas ante un Sarkozy que prometía lo fácil: mano dura, garantía de seguridad para una clase media psicológicamente frágil. Sólo un milagro hubiera hecho posible que Ségolène resultara ganadora. Sin la mano de Dios, lo que sí ha hecho es dividir Francia en dos, conseguir una participación altísima y demostrar a su partido que Francia les requiere. Ségolène. Oui. La femme contra la que Sarkozy no lo va a tener fácil.