De Belfast a Vitoria pasando por Aristóteles

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

09 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

EN EL medio de las guerras todas las paces parecen imposibles. Y en la serena reflexión de la paz, todas las guerras parecen pesadillas. Si los contendientes de la Segunda Guerra Mundial son hoy vecinos fraternales, empeñados en la construcción de una Europa unida, ¿qué tiene de extraño la abierta carcajada que comparten Ian Paisley y Martin McGuinness en presencia de Tony Blair? Lo que era imposible hace una década es necesario ahora. Y es la capacidad de avanzar, y no los silogismos en bárbara, la que construye la felicidad de los pueblos. Estos días se habla con admiración del pacto alcanzado en el Ulster, y en todas partes se tiene por cierto que implica una gran lección para los que tienen alguna responsabilidad en la construcción de la paz. En todas partes, digo, menos en España, donde cualquier intento de hacer comparaciones con el Ulster, y extraer conclusiones, se ve cercenado por cuatro palabras que suenan a conjuro. «No es lo mismo», dicen los pontífices de la opinión. Y todo el mundo se echa cuerpo a tierra como si ya no hubiese nada que decir. Hace veinticinco siglos que Aristóteles estudió la comparación y la metáfora de forma insuperable. Y lo primero que advirtió es que la comparación sólo puede hacerse entre realidades diferentes, ya que carece de sentido comparar lo que es igual. Y también dejó claro que, cuando la comparación no es posible, empieza la metáfora, que acerca a una realidad cualquiera las similitudes significativas con otros hechos remotos. Si un parapléjico se siente concernido por un experimento médico que hace recuperar la médula de una rata, ¿qué hay de raro en que un vasco se sienta concernido por la paz de Irlanda? Y si podemos extraer grandes lecciones del comportamiento de las abejas, de los lobos o de los chimpancés, ¿por qué no podemos aprender nada de los irlandeses y sus gobiernos? Ya sé que Irlanda y el País Vasco no son una misma cosa. Pero sólo un imbécil -del latín imbecilis: mentalidad débil o poco ejercitada- puede ignorar que los elementos esenciales del conflicto, y las claves de solución, son estrictamente conectables. Y por eso estoy convencido de que todas las lecciones que el Ulster acaba de dar y confirmar sólo son prescindibles para quien no tiene la paz como objetivo prioritario. ¿Y qué dice esa lección? Pues dice que la distancia que media entre los días de hoy y la paz de Euskadi es la misma que separa a Margaret Thatcher de Tony Blair. Porque el discurso que hoy hacemos por aquí es el que hacía la dama de hierro un cuarto de siglo atrás. Y lo que los del Ulster esperaban era una foto en la que Paisley, McGuinness y Blair estallan en carcajadas por el camino de la paz.