Blair, aprendiz y maestro

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

10 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

HAY PAÍSES que son expertos en pastorear lo mejor y lo peor de sí mismos hasta hacer de ambos extremos los funcionarios de una genial compostura ante el espejo. El Reino Unido es el sumo catedrático de semejante teoría de la política, que no es otra cosa que la práctica consuetudinaria del sentido común. Hace ya siglos que el modo de vivir en Gran Bretaña quedó configurado como una escuela de políticos sensatos y ciudadanos prudentes a los que les pareció que ya estaba bien con la sangre que decora las tragedias históricas de Shakespeare, y con el mandato de un dictador como Cromwell, llamado Lord Protector, para llegar a la organización de la vida en el esforzado acuerdo entre unas islas tan pobres como las Británicas y un mundo tan rico como la Commonwealth. Esa «Inglaterra hoy y ahora», que dijo un poeta tan británico como el americano T. S. Eliot, nacido en Saint Louis, Missouri, siempre ha sabido que aparte de no tener amigos, sino intereses, y quizá, tal vez, muy probablemente por eso, su mejor interés radica en sí misma. El Reino Unido no se ama a sí mismo, pero no tiene cosa que le interese más. Y eso es algo que Tony Blair aprendió desde sus balbuceos de meritorio en la escuela profesional del laborismo británico, una política de la que está a punto de convertirse en su emérito más brillante y más vivo. Si alguien detesta a los políticos profesionales, no tiene más que fijarse en Tony Blair para encontrar un motivo de admiración. Si alguien los admira, no tiene más que ponerle la mirada encima para comenzar a aborrecerlos. Por si eso fuera poco, Tony Blair es un ejemplo de las ventajas del caer siempre de pie y saber coger la oportunidad por los pelos. Cuando alguien decida rodar la película de su biografía, no será fácil conseguir un actor capaz de interpretar a este político como él hubiera interpretado a la liebre Marceña en cualquier función de Alicia en el país de las maravillas. Si Elvis Presley decidiera volver de donde se encuentra para encandilar con la pelvis a la vieja Inglaterra de Enrique V y de sir John Falstaff, no dudaría en encarnarse en Tony Blair. Mago con una chistera inagotable en conejos, este Blair que convirtió a un capitalismo casi impensable el Reino Unido heredado de Margaret Thatcher, ha sabido alcanzar su mutis con un Ulster apaciguado para mejor ceder la escena a un escocés como Gordon Brown, que sabrá medirse con los escoceses que busquen otras medidas.