LA PROPAGANDA electoral intenta concentrar la atención de los ciudadanos en la votación del próximo domingo. Es lógico. Pero ese ejercicio de responsabilidad que se les reclama no impide levantar la mirada más allá de lo inmediato. Resulta incluso saludable para liberarse de tanta campaña construida sobre acusaciones de corrupción y asuntos que trascienden el objeto mismo de unas elecciones locales. Con mensajes simplificados de primeras espadas que no se presentan como candidatos. Al inmediato éxito en la cita del 27-M, con la vista puesta en las elecciones generales, se condiciona el tratamiento de cuestiones de Estado. O, al menos, así lo parece, porque se echa en falta transparencia. El lenguaje de los mítines y el cálculo del poder la obstaculiza. Se suceden los monólogos paralelos, sin escucha, ni respuesta. En la niebla de la ambigüedad queda el proceso de paz y sus contrapartidas. Entre tanto, empieza a vislumbrarse el inicio de una nueva etapa en el escenario internacional, para la que habría que tomar posiciones. Schröder en Alemania y Chirac en Francia se han marchado. Eran dos referencias de nuestra política europea. El tándem franco-alemán tiene ahora otros dos nombres. No se sentirá debilitado por la despedida de Tony Blair. Brown ha sido artífice del progreso económico del Reino Unido, en sintonía con lo que defienden en ese terreno Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, y con un entendimiento próximo de la relación con los EE.?UU., que no se alteraría por una eventual victoria del partido demócrata, estando Irak en fase de liquidación. Con toda la ganga retórica que tiene un discurso, resulta estimulante escuchar desde aquí el llamamiento de Sarkozy a la unidad. Que se dirija a quienes no le votaron pidiendo que no renieguen de sus convicciones sino que trabajen en conciencia por el bien de Francia. El gesto se confirma con la entrada de adversarios electorales en el Gobierno de su primer ministro François Fillon. Ha hablado de rehabilitar el valor del trabajo, del esfuerzo, del mérito. Son valores que podrían llamarse tradicionales. Quizá por esa calificación, hagan sonreír despectivamente a quienes los consideren caducados desde un autoatribuido progresismo. Forman parte de nuestra cultura. Vitalizan a la sociedad y, por eso, se propone rehabilitarlos en un programa presidido por el objetivo del cambio, aprobado mayoritariamente con un alto grado de participación. Las elecciones, con su retahíla de promesas, proporcionan la ocasión de pensar en el futuro de la sociedad. Cómo están incidiendo en él las decisiones de hoy. En inmigración, en educación, en relación con la familia, por ejemplo, son de difícil reversión. No se trata sólo de formular las políticas al servicio de lo inmediato, sino de manifestar la sociedad que se desea. Empezamos a encontrarnos ante dos modelos de sociedad. En nuestro caso, a diferencia de Francia, también con dos modelos de Estado, de desigual entidad.