DURANTE la campaña escuché de todo: tiempo de campaña excesivo, gasto exagerado en un país pobre, desencanto y baja credibilidad de la clase política como razón de la abstención, el escepticismo ante la cascada de promesas y un no sé cuantas razones más. Parece que por muchos teleféricos que se prometieran casi nadie alcanzó esa cumbre hacia donde se dirigían los ensueños preelectorales. Todos ganaron y todos perdieron, según como se mire: el PP gana pero no gobierna, el PSG gana pero menos de lo esperado, y lo mismo el BNG. También esta campaña me ha aportado otra perspectiva: el posicionamiento intelectual de los líderes regionales. Núñez Feijoo, instalado en el principio de la eficiencia neoliberal y neocon al estilo americano, con un enfoque tecnocrático desgalleguizado y una visión del país falto de ideas cohesionadas, más allá de las infraestructuras. El monótono discurso de Touriño, como siempre centrado en Vigo, instalado en el vértice de la sostenibilidad para frenar el proceso de destrucción territorial y del paisaje que tantas veces hemos denunciado. En tercer lugar, el discurso de Quintana, instalado en el vértice de la equidad, al amparo de un modelo de país bien definido, de un país con alma e identidad, que acuñó la innovadora fórmula del I+B (igualdad y bienestar), en contraposición al manido I+D ( investigación y desarrollo) en que tanto insiste Touriño desde postulados clásicos del desarrollo regional. Pero la cuestión es que el PP no gobernará ninguna ciudad, no gobernará en la mayoría de las villas, salvo las de fuerte liderazgo personal (Ortigueira, Ribeira, Verín, Cambados, Lalín, etcétera); que los socialistas urbanos pierden mayorías, que el efecto Vázquez se fue con él; y que el BNG fue cuestionado en la única ciudad que dirigía. Por todo ello, sea tal vez una etapa de tránsito hacia un futuro con más autocrítica que aporte un proyecto de país que, al espíritu galleguista sume la eficiencia, la sostenibilidad y la equidad.