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06 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.LA CÁRCEL a la que el Gobierno envió ayer a De Juana, tras gratificarlo con unas semanas de paseos junto al mar y de compras por San Sebastián, está en Aranjuez. Una villa en el sur de Madrid, entre el Tajo y el Jarama, que fue residencia oficial de temporada de las sucesivas monarquías de España, desde los tiempos de la unificación de los Reyes Católicos. Doce horas después de que ETA declarase la suspensión de la tregua, una ambulancia partió de la capital guipuzcoana hacia Aranjuez con De Juana en la camilla. Aunque resulte frívolo, parece ser que Zapatero se ha cabreado con el plantón que los etarras le han dado en eso que ambas partes llamaron proceso. Despechado, renunció ayer al propósito de enviar al terrorista a casa con una pulsera como las que les dan a las maltratadas. Renunció también a meterlo en una cárcel del País Vasco. Por despecho, el furgón medicalizado enfiló hacia Aranjuez. A De Juana le caducó el privilegio que le concedió el propio Zapatero de cumplir una condena con «prisión atenuada» en el hospital más próximo a su casa. Hospital al que había sido trasladado desde el madrileño Doce de Octubre para estupor de los millones de españoles que saben que ningún Gobierno va a ninguna parte cuando cede al chantaje de un preso en huelga de hambre. Cuando lo convierte en mercancía de trueque con una banda armada que, durante ese llamado proceso, entre otros delitos, robó 350 pistolas en Francia, una treintena de coches y miles de matrículas, además de expandir el terror y causar dos muertos con cientos de kilos de explosivos en la nueva terminal de Barajas. El viaje de vuelta de De Juana a tierras madrileñas es la constatación de que Zapatero pretendió ser el pacificador de España renunciando a los principios que se le suponen a todo presidente de un Gobierno democrático. A todos.