LAS TELEVISIONES han empezado a evocar a Adolfo Suárez, en vísperas del treinta aniversario de las primeras elecciones de 1977. Lástima que en algún caso, como parece irremediable en el mundo audiovisual en estos tiempos, la bragueta se mezcla con la política con toda naturalidad y aun desplaza el centro de interés de aquella. Más penoso todavía es que al gran protagonista de aquel tiempo la conmemoración le coja gravemente enfermo. La transición nos acompaña en la memoria casi permanentemente en los últimos años. Alguien se inventó la ecuación transición=consenso, y tuvo éxito, a juzgar por lo reiterado del argumento. Está por demostrar que el consenso sea siempre positivo, aunque se eche de menos cuando falta. Y hay que saber a qué llamamos consenso, que a veces parece que la expresión da cobertura a otras figuras bien distintas. Pero han llegado a hacernos dudar de si consenso y paraíso vendrán a ser lo mismo. En cualquier caso, nos trasladan en muchos casos una imagen de la transición como si en aquel tiempo los políticos no hicieran otra cosa que consensuar. Cierto que hubo muchos acuerdos meritorios, pero también desacuerdos notables, hasta chirriantes. El PSOE intentó despedazar muchas veces a Adolfo Suárez, al que Alfonso Guerra calificó de «tahúr del Misisipi», lo subió virtualmente a la grupa del caballo de Pavía atribuyéndole modales de golpista, y le dijo mil cosas más, para que finalmente los socialistas llegaran a plantear una moción de censura a aquel presidente del Gobierno que ahora nos presentan como apaciguador. Claro que todos estos eran juegos de salón al lado de las batallas que Suárez vivía en su propio partido, donde había puesto a convivir la zorra con las gallinas. También los insultos de Guerra eran una insignificancia al lado de los vociferantes de la ultraderecha. Por mucho que ahora echemos de menos la capacidad de consensuar, la transición no fue solamente política de consenso, aunque no sepamos por qué se oculta.