EN LUGO estos días se han formado largas colas. Para hablar mal de Cacharro. Allí están los que llevan décadas adorándolo, los que fueron sus hombres de confianza, los que tuvieron coche oficial gracias a él; también aquellos a los que ayudó, subvencionó, hizo crecer, defendió, y algunos de los que amamantó. Se han unido todos y puesto a la cola para, ahora que Cacharro está a punto de dejar de ser lo que es, hablar de sus maldades, de sus deslealtades y de sus incapacidades. Siempre dije que a Cacharro, el día que dejase de ser quien era, lo íbamos a defender cuatro. Que somos los que llevamos toda la vida desaprobando sus comportamientos y diciéndole lo que otros no se atrevían a decirle porque parece ser que era muy poderoso. Pero ahora resulta que, por lo visto, sus más fieles, sus alcaldes preferidos, sus personas de confianza y sus sucesores acaban de darse cuenta de que Cacharro es un perverso y un maligno y un desastre para los intereses del partido y de la provincia a la que, hace sólo unos meses, según ellos mismos, servía y ayudaba como ningún otro. A esta legión de desengañados les ha ocurrido lo mismito que le ocurrió al asesor de esa empresa de inversiones que opera en el extranjero. Que fue el último en enterarse de que Irak no tenía armas, aunque se lo decíamos todos a gritos. Bueno, pues a estos, lo mismo. Acaban de descubrir lo que acaban de descubrir y por eso hacen cola para descalificar y desacreditar a quien les dio de comer, los colocó, les subvencionó sus caprichos y les abrió las puertas del lujo y del despilfarro. Han olvidado cómo lo defendían cuando algunos clamábamos en el desierto que Cacharro era para Lugo lo que el Katrina para Nueva Orleans. Un desastre irreparable. Pero la vida política es así. No han pasado ni tres días desde que Cacharro perdiera la Diputación de Lugo y el PP se metiera un batacazo de muy señor mío en la provincia, y la bandada que tomó la sopa boba a su cuenta se han lanzado al siempre noble arte del despelleje. Razón tenía el sabio Winston Churchill cuando dijo que un político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable.