EL presidente de la República es abstemio y poderoso. Tanto que ninguna televisión se atrevió a difundir los 48 segundos de Sarkozy más vistos en Internet; cuando llega a la rueda de prensa después de almorzar con Putin con la chaqueta desabrochada, corbata holgada, mirada ida y sonrisa de pillín. Los hipotéticos efectos en el presidente francés del brindis de vodka con el que todo ruso fuerza a su huésped al final de una comida no causarán estragos en la imagen de Sarkozy mientras el incidente no se repita, y mientras los medios con más audiencia ejecuten con disciplina prusiana las sugerencias de la fontanería del poder. Los que no le votaron habrán intuido en los gestos de Sarkozy la decadencia de Francia. Pero en ese país son mayoría absoluta los que lo eligieron para presidente y una arenilla o una digestión embarazosa tampoco le van a restar la legitimidad que ganó en la urnas. El sistema a doble vuelta galo para la elección de su presidente o de sus diputados (repartidos por distritos, en vez de impuestos en unas listas cerradas) fomenta el presidencialismo, pero evita la manipulación de la voluntad expresada por los ciudadanos. Lo contrario de lo que se presencia estos días por aquí, donde nada hay que reprochar a la alianza obligada y conocida de antemano entre el PSOE y el BNG; única opción que tienen los dos pequeños de superar al grande. La falsificación del resultado de las urnas que permite el sistema español queda, en cambio, en evidencia cuando el menos votado puede decidir por todos los demás quién va a gobernar porque son «independientes». La metáfora de ese sinsentido que afecta a decenas de ayuntamientos en los que no hay mayorías absolutas está representada por los 626 votos que obtuvo un independiente en Sada. Él solo decide quién es alcalde. ¡Vaya democracia!