CUANDO uno pasea y mira, ve y observa, descubre casi siempre cosas llamativas. De la observación se obtienen datos que radiografían la sociedad de la época y el tipo de ciudadano que la integra. Así, por ejemplo, es frecuente ver dónde acaban muchos periódicos gratuitos. Si los hermanos Goncourt dijeron que un periódico son unos céntimos de historia envueltos en un cucurucho de papel, hoy dirían de los gratuitos que es un conjunto de hojas que revolotean por la calle al capricho del viento, después de que alguien lo haya dejado encima de una papelera y no dentro. ¿Se han parado a pensar por qué la gente los deja encima y no dentro? ¿Será por la gratuidad y porque quieren que el ejemplar lo lea alguien más? Este comportamiento no se produce con el diario de pago. El que lo compra lo considera propiedad privada y, como tal, ni lo deja sobre las papeleras, ni sobre el suelo o el asiento de un transporte público. Las farolas, paradas de autobuses y postes de señales de tráfico son lugares para todo tipo de anuncios. Se ofrecen pintores, albañiles, fontaneros, cerrajeros, señoras de compañía de toda confianza; se venden y alquilan pisos y plazas de garaje. Entre la acera y la calzada es ya histórico ver las colillas que depositan los propietarios de vehículos cuando vacían sus ceniceros privados para ensuciar los espacios públicos, pero ahora, con eso de la ley contra el tabaco, las colillas también decoran las aceras a las puertas de establecimientos y edificios. Los alcorques de los árboles son otro lugar curioso. No hay sólo árboles, también papeles, colillas -están por todas partes-, bolsas de basura, cascotes, mondas de fruta, trozos de pan y cacas de perro, muchas cacas de perro que sus amos no recogen en esas prácticas bolsas que expenden gratuitamente máquinas instaladas con profusión por las calles de muchos municipios. Se ve que quieren hacer buena la frase italiana que leí hace días sobre la pared de una ciudad toscana: « La caca del cane è la mente del padrone ». Y qué me dicen de los grafitis que ensucian fachadas, puertas y escaparates, monumentos, pilares y pretiles de puentes, muros, vagones de tren y metro, autobuses. Son el símbolo del siglo XX, e intuyo que de éste y del próximo. Y cuando finaliza el día y cierran las puertas los supermercados se arremolinan en ellas indigentes y avispados para disputarse los productos caducados, pero aptos para el consumo.