LA XUNTA acaba de cruzar el ecuador de su legislatura. La alternancia ha producido un cambio en los actores del escenario público. Se ha eclipsado la ubicua imagen del presidente Fraga, que llenó un amplio período de la autonomía gallega. Un escaño impidió su continuidad. Los electores tenían la certeza de que se enfrentaban dos opciones, aunque una de ellas tuviera dos cabezas. No sucedió como acaba de ocurrir en las islas Baleares, en donde el alineamiento de la UM no era claro. No es cuestión de hacer un prematuro balance. Bastará con una ojeada. La coalición en que se funda el Gobierno bipartito de la Xunta se ha consolidado en ayuntamientos y diputaciones, sin merma de la identidad de cada uno de los socios. Un hecho inédito en la historia de nuestra autonomía, aun contando con el precedente del breve paréntesis de la Xunta tripartita. Es un dato que sus protagonistas tenderán a consolidar, intentando alterar sus cuotas internas. El BNG se esforzará en convencer a la ciudadanía de que es una opción responsable de gobierno. En conjunto, se reitera el mensaje de una etapa nueva, que se define en gran medida por el rechazo de la anterior, aunque a veces, como ha sucedido con la Ciudad de la Cultura, haya de aceptarse introduciendo algunas modificaciones. A gobernar se aprende gobernando. La realidad pone a prueba al gobernante y no es raro que frene la velocidad de los proyectos, anunciados como expresión de una decidida actitud de renovación. Sucesos como los incendios, a los que hubo de enfrentarse una Xunta recién estrenada, curten y suministran la necesaria experiencia. La realidad revela lo difícil de reducir las listas de espera en los hospitales. Hace falta tiempo para todo, también para que los programas se materialicen. Los nuevos gobernantes no tienen que repetir lo anterior; pero no están obligados a recordarlo sólo en lo que consideran negativo. Alexis de Tocqueville dejó escrito que la Revolución francesa tuvo dos fases: en la primera se quiso abolir todo el pasado y en la segunda los revolucionarios retomaron parte de lo que habían dejado. Una observación de valor intemporal. Es más fácil prohibir que construir. El buen gobierno necesita prudencia, rechaza el radicalismo, incluido el sectarismo del poder, y reclama integración. Sarkozy la intenta con sus nombramientos. En esta línea se encamina la plausible Fundación para la Sociedad del Conocimiento, una muestra de la colaboración público-privado que impulsa la Unión Europea. Mientras el AVE no llega, resulta decisivo avanzar en el transporte marítimo y en las punteras técnicas de la comunicación y de la información. Estonia es un ejemplo. La reforma del Estatuto constituye un objetivo de integración pendiente. Como proyecto común requiere la mejora de las relaciones interpartidarias y superar el desapego de la sociedad.