Un debate perdido en dos estilos diferentes

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL DEBATE sobre el estado de la nación está pensado para hablar de política general, o para ponerle marco a los cientos de cuestiones concretas que aborda el Congreso en su actividad cotidiana. A modo de ejemplo, si queremos saber qué pasó en el Líbano, o qué amenazas se ciernen sobre nuestras tropas en Afganistán, basta con que un diputado plantee una pregunta al Gobierno. Pero si queremos hablar sobre nuestra política internacional, y sobre el sentido que tiene el dárnoslas de gran potencia al margen de las estructuras defensivas de la UE, debemos acudir al debate de política general. En la misma línea, si queremos establecer una nueva ayuda a la natalidad, bastaría con que el ministro del ramo concurriese a una rueda de prensa para explicar, decreto en mano, por qué se da esa ayuda, qué régimen fiscal se le atribuye, por qué se fija la cantidad en 2.500 euros, por qué se escoge una medida lineal -que no distingue a una infanta de España de un niño nacido en una chabola miserable-, y por qué se abre esta línea de ayudas antes de cerrar las brechas abiertas en la aplicación de la ley de dependencia o en la de violencia de género. Por el contrario, si quisiésemos hablar del problema demográfico de España y de sus posibles soluciones, el marco sería el Parlamento y, de forma muy concreta, el debate sobre el estado de la nación. En este sentido hay que darle la razón a Josu Erkoreka y reconocer que el debate no alcanzó la altura de vuelo que corresponde a la política general y que, lejos de hablar de las políticas que España necesita, se limitó a facilitar la manipulación de los problemas y desavenencias concretos que presagian un combate electoral largo, bronco y estéril. Hay que decir, sin embargo, que, a falta de conclusiones referidas al bien común de los españoles, el debate sobre el estado de la nación sirvió para mostrar dos formas de entender la política y el Estado que pueden iluminar con toda claridad nuestras preferencias electorales. Porque si es cierto, como parece, que vivimos en un país próspero, que genera empleo y riqueza en abundancia, y que no tiene mayores problemas que los exhibidos por Rajoy -ETA, la venta de Navarra y los inhibidores electrónicos de los vehículos militares-, vale más contar con una política amable, dialogante y flexible, como la de Zapatero, que volver al Estado grandioso e infalible, siempre atormentado por envidias y separatismos, que gobernaba el último Aznar. Porque si hay que escoger entre la equivocación y el dogma, prefiero equivocarme. Y si la grandeza del Estado se resuelve en rancios lenguajes e iluminados centralismos, prefiero una España más pequeña, discutible y hecha a mi medida.