«EL ESTADO de mi cabeza después del debate del estado de la nación». La frase inicial sería un buen título para un ensayo psiquiátrico, de altura, que cualquier psiquiatra podría presentar en congresos y similares. Entiendo, tras el debate, que no entiendo nada. Ininteligible y absurdo. Zapatero puede prometer y promete dos mil quinientos euros para incrementar la cosa natalicia, y Rajoy dice que lo hace muy mal. Zapatero habla del terrorismo, de la economía, de la sociedad y sus subvenciones, de la igualdad y tal y tal; y Rajoy, impertérrito, le dice que lo hace muy mal. Zapatero sonríe y Rajoy, que sonríe menos, dice que sí, que lo está haciendo muy mal. El estado de la nación se conoce mejor en los bares que en el Parlamento. Pregúntele al señor/señora de su lado, cuando tome un refrigerio, qué es lo que necesita mejorar el país y el señor/señora de su lado se lo dirá inmediatamente. A la respuesta, no lo dude, Mariano Rajoy añadirá que Zapatero lo hace muy mal. Al Estado y a la nación y al estado del Estado hay que tomarlos con cierto humor: para sobrevivir. Por eso relato esta columna como un cuento sin final venturoso y sin argumento. Los argumentos me los roban cada vez que los escucho hablar, a ellos, también llamados clase política. O sea, que hay una España real, la de la calle y los bares, y una España virtual, que es la que propicia la política en sus debates y demás pantomimas. No discuten para acordar. Discuten para discutir y por ver si en las próximas, que están a la vuelta de la esquina, unos ganan y los otros pierden. Creo que los ciudadanos merecemos una política más pragmática, quiero decir que debemos exigir y exigimos de los que gobiernan que no se olviden de un túnel para construir el AVE gallego, que es la ave más tardona de todas las aves migratorias. Debemos exigir y exigimos que Rajoy diga que algo ha hecho Zapatero que está bien y que éste, por favor, haga bien todo lo que hace mal (que es más de lo que uno esperaba). Por lo tanto, luego de esta diatriba, estoy para aportar datos al psiquiatra que intente pescudar por el estado de mi cabeza, que, como el estado de la nación, resulta ininteligible y absurdo. No levantamos vuelo, como las migratorias aves heridas. Sólo nos queda el verano para recuperarnos. O para tomar aliento. Por fin.