EL DEBATE del estado de la nación del pasado martes se puede definir como el choque frontal de dos guiones de distinto contenido. Zapatero y Rajoy hablaban del mismo país, pero fue en eso en lo único que coincidieron. A partir de ahí, cada uno escribió su guión, el que más le convenía, sin muestra alguna de aproximación o entendimiento. Fue tal el distanciamiento que incluso parecía que no hablaban de la misma España. Zapatero se paseó primero con Alicia por el país de las maravillas, con un triunfalismo arrebatado. Después llegó Rajoy con las rebajas, cicateando hasta el más mínimo elogio. Y se explica, porque donde Zapatero veía la acertadísima acción del Gobierno, el líder de la oposición percibía «tres años de siesta gubernamental» con un presidente inactivo o ausente, escondido. Ni una coincidencia relevante, nada que compartir. Sólo el desafío abierto -y la campaña inaugurada- de las próximas elecciones generales. A ellas quedó encomendada la sentencia sobre su absoluta discrepancia. El debate, curiosamente, lo ganaron ambos. El discurso y las réplicas del presidente del Gobierno entusiasmaron a los suyos. Como diría Alfonso Guerra, «ni asomo de Bambi». Zapatero ha sabido poner el énfasis en lo que no le preguntaba Rajoy y ha obligado a éste a reiterar una y otra vez sus preguntas sobre la negociación con ETA. Por su parte, el líder de la oposición ha presentado un informe crítico y duro, pero bien construido, que ha contentado también -y mucho- a los suyos, y ha utilizado sus otras intervenciones para incidir en las partes más débiles de las respuestas del presidente. No se ha producido un empate, no sería correcto enjuiciarlo así. Basta ver los medios de comunicación para advertir cómo unos proclaman vencedor a Zapatero y otros a Rajoy. Sin alcanzar una gran altura parlamentaria, ambos han logrado una eficacia dialéctica muy notable. Todo lo ocurrido era predecible, es cierto, y cada uno cometió sus errores, pero ambos han dejado claro que así es como ven las cosas y que sus visiones son contrapuestas e irreconciliables. Es lo que hay, a la espera de las elecciones.