TIENE colapsadas las ramblas. Él y Scarlett Johansson, la última encarnación rubia de Eva, la de ?Adán. Después de llegar al gran público con Match Point , que rodó en Londres, Allen sale de nuevo de Central Park para rodar en Barcelona. «No sabía que España era tan sofisticada. Mi familia es muy feliz aquí. Es una mezcla entre Nueva York y París», nos regala los oídos este eterno insatisfecho. «Sólo una o dos películas me han dejado satisfecho, y no voy a decirle cuáles». Woody Allen es un genio de las frases. No es cierto que haya ido a peor. No le tumba ni la edad. En todos sus trabajos hay hallazgos. Hasta en los más ligeros, como Scoop. «Con mis ganancias al póker conseguí entrar en Mercedes». «¿Es consejero de administración de la Mercedes?». «No, no. Yo hablo de mi primera novia». Ya había hecho un chiste parecido creo que en Delitos y faltas : «La última vez que entré en una mujer fue cuando visité la Estatua de Libertad». Se le puede ocurrir descender al infierno en un montacargas desde una calle de Brooklyn o que una prostituta le explique a una chica con un plátano cómo practicar mejor el sexo oral. Woody Allen es un hombre que parece que lleva el peso del mundo sobre sus hombros, pero que quiere despedirse de la vida desde el borde del abismo con un par de chistes. Con Allen por Barcelona, Cátedra recupera un trabajo muy completo de Jorge Fonte sobre el cineasta. Allen siempre nos hace pensar y reír, como cuando uno de sus personajes se pregunta si las lágrimas son de risa o de pena. Y le contestan: «Ah, ¿pero no son las mismas?». Hipocondríaco total, pesimista informado, «lo he probado todo, acupuntura, religiones, sólo me queda ponerme en las manos de un luchador de sumo». ¿Qué nos pasará el día que Woody Allen no esté y no tengamos la dosis de su estreno anual?